Visita desacostumbrada en el Vaticano.
Por Víctor García Delgadillo, M.Sp.S.
Llega al Vaticano un indiecillo macehual, con la pretensión de que lo
vistan de santo.
Como buen “chichimeca” no lleva casi bagaje; antaño sus
mayores “peregrinaban, se sustentaban de la caza y no poblaban...”
dejó su casita con un poco de tierra salitrosa que trabaja rudimentariamente;
sabía tejer petates y canastas y era alfarero por herencia, desde algunas
generaciones.
A la Curia romana llegan siempre personajes conocidos y famosos con
legajos de escritos y sermones; religiosos acompañados en procesión por sus
hermanos; llegan sacerdotes y mitrados con los planos de las obras que
realizaron en la tierra y con el testimonio de que la marcha de sus fundaciones
está firme y sana.
Pero JUAN DIEGO llega por sendero de infancia espiritual vestido con
blanco de neófito y con pobreza evangélica; ni siquiera lleva su
“ayate” porque se lo guardaron primero en la Ermita y lo tienen
ahora en el Santuario.
JUAN DIEGO nunca iluminó un códice ni aprendió las letras de Castilla,
todo lo que aprendió lo supo por las leyendas de los ancianos y por las
tradiciones de los viejos de Cuautitlán y observando a sus mayores. Pero nunca
supo tanto como cuando se encontró con los frailes misioneros del Cordón de San
Francisco; entonces se le abrió el cielo y se le llenó su alma de la luz y de
alegría.
Ahora, obedeciendo otra vez a su Obispo, espera en Roma con la misma
paciencia y el mismo empeño con que aguardaba a Fray Juan de Zumárraga; trae la
encomienda de que la Iglesia lo canonice.
Y aquellos varones y jueces de la serenísima Congregación para la Causa
de los Santos se preguntan con mirada de sabios: ¿Por qué razones ocultas se
inicia hasta ahora la causa de canonización de este convertido? ¿Se necesitan
cuatrocientos años para que este indio andariego transmigre de la región
náhuatl a la ciudad santa de Roma?
Introducir y promover una causa de canonización es un lujo personal
calificado, de mucho tiempo y de dinero. La Iglesia mexicana, afanada en
solucionar apenas la demanda de evangelización y catequesis; urgida en atender
las necesidades más apremiantes de sus fieles, nunca pensó en ello.
Un proceso semejante supone un equipo de especialistas que consagren
muchas horas y aun años a este trabajo; y en México el clero nunca ha sido
suficiente.
Los achaque de hacienda son otro obstáculo real; es frecuente que
solamente las Congregaciones religiosas y las diócesis más fuertes sean las
únicas que pueden sostener esta tarea, aunque corre la conseja de que el primer
milagro que tiene que hacer el Siervo de Dios es el de costear su propia causa.
Pero JUAN DIEGO no se amilana porque es un hombre de fe recia, confiada
y sencilla que lo lleva a ser muy práctico y decidido; sabe bien que sus amigos
y defensores a través de un abogado de consideración, argüirán muchas razones
importantes en las que vale la pena pensar.
JUAN DIEGO lleva el sello de
la humildad; siempre se ocultó entre los pliegues del manto de estrellas para
que resplandeciera más la figura de María. ¿Cómo iba a hacer ruido para impedir
las alabanzas que sus hermanos aprendieron cantara a su Señora?
“Una vez que señalo donde había mandado la Señora del cielo que
se levantara su templo PIDIO LICENCIAN PARA IRSE...”, como el Ángel del
Señor que en Nazaret, “se retiro” de la presencia de María.
Pero JUAN DIEGO no se ha despojado del carácter de su raza y mantiene
vivo en su alma el interés por todos los suyos.
Desde que aprendió a recitar el “Padre Nuestro” le nació un
amor nuevo: “Siempre se le veía al hombre ocupado en ministerios del
servicio de Dios nuestro Señor”, y era amigo de que todos viviesen
bien”. Cuántas horas, hasta las horas de la luna gastó, henchido de
fraternidad en enseñarles el catecismo y en hablarles de las cosas del cielo “que nos han enseñado nuestros
sacerdotes, delegados de nuestro Señor”, mientras les repetía sin
cansancio la historia de las Apariciones de la “Señora que se le había
mostrado”. Y cómo veló con ellos en sus enfermedades y cuántas súplicas
para que Diosito “les diese agua
oportuna en su milpa”.
“Los mismos indios que frecuentaban el
Santuario se valían de sus oraciones de compatriota cuando era vivo... y ya
muerto y sepultado allí, lo ponían de intercesor ante María Santísima, para
lograr sus peticiones, publicando –como lo hicieron- sus virtudes,
continua oración, sangrienta penitencia, humildad profunda y castidad”.
Cuando la Iglesia, siempre evangelizadora, llegó a América, se enamoró de sus hermanos aborígenes, cuidó su cultura y defendió su dignidad; Puebl