Agradecemos a Mons. José Luis
Guerrero Rosado por este artículo escrito para nuestra página.
Nuestra
Señora de Guadalupe y la Paz.
En el año de 1531, en la Ciudad de
México, comenzó a desplegarse un suceso que aún hoy se prolonga: el
Acontecimiento Guadalupano.
Nuestra Señora de Guadalupe establece,
desde diciembre de aquel año su presencia de Madre y Reina en América. No sólo
para derramar su amor y consuelo, sino también para “…exigir enormes esfuerzos
de superación”[i].
Su manifestación, al mismo tiempo que conforta, vivifica y dignifica a todos
los hombres de ese momento, los desafía
a plasmar una finalidad superadora. Su intervención provoca y concreta así el
paso de interrelaciones humanas nocivas y destructoras, hacía otras cuya
finalidad es unir y ayudar a la felicidad de todos.
La consecuencia última de dichas
variaciones relaciones es el nacimientos de un nuevo pueblo, de sangre española
e indígena. Ella, como mestiza integra armoniosamente y plenifica lo mejor de
dos razas y culturas que, por sí solas, no podría llegar a comunicarse,
comprenderse y convivir. Hoy por hoy, sigue siendo entonces un modelo a seguir
y cabe preguntarnos si somos capaces de asumir y hacer crecer las cosas buenas
propias y de aquéllos con quienes compartimos nuestras vida; más aún, de
aquellos que son diferentes, para trabajar por la felicidad de todos, y ser
parte de ese nuevo pueblo, sin excluidos, que nos llama a conformar.
Ciertamente, lo expresó es un camino
para alcanzar un paz de plenitud, comunitaria y personal. En este último nivel,
y al servicio de todo lo anterior, Nuestra Señora de Guadalupe guía o conduce a
la madurez a cada uno de los que se relacionan con Ella en 1531. Les cambia sus
rostros y corazones, es decir, que los hace vivir con sabiduría y firma
decisión por le bien. Los hace capaces de ser fieles lo propio y al mismo
tiempo abiertos a las novedades de los demás y del tiempo que le toca tocaba
vivir. Aquí, a la luz de lo anterior, otro interrogante que nos puede ayudar a
mejor reflexionar nuestro hoy: ¿somos capaces de dejarnos guiar para descubrir
lo bueno y poner todo nuestro esfuerzo para alcanzarlo con nuestra existencia,
sin dejar de ser al mismo tiempo firmes o estables y amplios o flexibles en
nuestros criterios de discernimientos y acción?
Sin disociarlo de los anterior y,
llegando al núcleo central de la acción de Nuestras Señora de Guadalupe,
condujo en masa al bautismo, a recibir la vida de Dios, a miles y miles de
personas. Antes de su intervención, muy escasos americanos se habían bautizado;
con posterioridad aumentan en proporción oceánica.
Sin duda entonces, ya desde el siglo
XVI, Nuestra Señora de Guadalupe no enseña estas tres vías de paz total.
Personalmente, y por puro regalo de Ella y San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, he podido comprobar cómo sigue animando a
transitarlas. No sólo en su templo del Tepeyac,
en el Distrito Federal, sino en todo tiempo y lugar en el que se establezca
su imagen o presencia: Ella, invariablemente, emociona a sus interlocutores,
los abre a los propio de Cristo, a la vida de fe, esperanza y amor, y así los
ayuda a crecer como pueblo y a nivel personal. De este modo hace realmente que sus
vidas valgan la pena, los llena de paz y los desafía a compartirla ‘y a
construirla con otros.
Hagamos votos por que entonces, todos
los días recemos a la Virgen, para que orientados por su acción en nosotros,
facilitemos a todos el acceso a los propio de Dios, trabajemos por el bien de los demás
en la edificación de la comunidad, y así florezca lo mejor de cada uno de
nosotros.
Les dejo un gran abrazo y me encomiendo
a sus oraciones. Ave María.
Mons. José Luis Guerrero Rosado.
Canónigo de la Basílica de Nuestra
Señora de Guadalupe.
Ciudad de México.
[i] GUERRERO ROSADO, JOSÉ. El Nican Mopohua. Un intento de exégesis. México, Realidad, teoría y Práctica. 1998, T. I p. 324.