Conferencia
del Prof. Ramón Sánchez Flores, pronunciada en el año 2000 con motivo del XXV
aniversario del Centro de Estudios Guadalupanos, A.C.
Bitácora para una Crónica
En los XXV años de
Actividades del
Centro de Estudios
Guadalupanos, A.C.
Introducción
La celebración de cada fecha conmemorativa en los fastos
guadalupanos ha ofrecido resultados favorables, no sólo por el aumento del
culto a la Celestial Señora, sino también para dinamizar el interés de los
estudiosos de la historicidad del portento del Tepeyac, y aumentar así nuestro
respeto y devoción por tan gran suceso.
Indudablemente esto acontecía el 12 de octubre de
1920 cuando se celebraban las bodas de plata de la Pontificia coronación de
Nuestra Señora de Guadalupe. En aquella oportunidad el entonces arzobispo
doctor don Manuel Mora y del Río, observando y sufriendo los peligros en que se
hallaba hundida nuestra nación, tanto por las asechanzas irreligiosas de los
enemigos domésticos, como lo de fuera, urgía que la devoción de Nuestra Señora
tan atacada por los sectarios, se enriqueciera con estudios e investigaciones
profundas que permitieran con mayor certidumbre científica, poner en valor la
historicidad del suceso guadalupano.
Invitó en aquel entonces como asesores para los
festejos jubilares, a un selecto grupo de personas profesionales y doctas. Allí
se presentaron historiadores de la talla de don Jesús García Gutiérrez y don
Juan B. Iguiniz, como también sabios teólogos y canonistas como don Vicente
Chaparro, don José María Méndez, don Luis G. Gordoa, así como los reverendos
padres jesuitas muy conocidos por sus escritos, como el R. P. Gustavo Heredia y
Luis G. Villanueva, sin faltar guadalupanos entusiastas como el indefectible
don Ángel Vivanco Esteve.
De entre esta pléyade de aquellas épocas, surgió la
necesidad de concretar los deseos del Primado, resolviendo establecerse como
una institución de estudios que se llamaría Academia Mexicana de Santa María de
Guadalupe.
Precisamente de aquella oportuna fundación, que perduró por más de 55
años, si bien sólo en sus últimas décadas de sólo nombre, se despertó la
necesidad de refundarla con un nuevo sentido y actividades.
Es así como surge el Centro de Estudios
Guadalupanos, también coincidente en un magnífico aniversario de los fastos
marianos de México.
En el raudo relato que haremos de nuestro Centro,
comúnmente llamado el CEG, recordaremos esencialmente sus logros morales y
creativos, que se obtuvieron con la concurrencia de notables y numerosos
socios, ejerciendo con celo su labor y tarea, cada uno en los niveles de
estudio y trabajo en que ofrecieron ser útiles.
Sería impreciso y prolijo enumerar todo, y a todos y
cada uno, a lo largo del relato. Centraré mi análisis en aquellos momentos y
personajes que en el decurso de estos veinticinco años han venido impulsando
una obra de generación de inquietudes, de estudios y creatividad de la que sin
duda debe estar orgullosa nuestra iglesia mexicana.
En los apéndices de nuestro relato, se añadirán en
plenitud los nombres completos de todos nuestros socios del CEG, mujeres y
hombres que de tiempo en tiempo o permanentemente han acudido a las tareas y
llamados de su dinámica y perseverante dirección.
Nuestro relato, es pues, una bitácora de hechos y no
de anécdotas. Quede aquí una muestra de la productividad de nuestro Centro como
una aportación de datos para quienes sin duda, allá más adelante, rescribirán
tan importante crónica de alguna de las instituciones que en forma
contemporánea y firme han trabajado por el suceso guadalupano de México.
Ramón Sánchez Flores
CEG.
En
Bellavista, Puebla, invierno del 2000
1. La
Academia Mexicana de Santa María de Guadalupe y sus logros
La fundación académica del arzobispo Mora y del Río
del 12 de octubre de 1920, como toda la iglesia mexicana, estuvo también en el vórtice
de la inestabilidad y las sangrientas luchas como atentados que padeció el
catolicismo en nuestra nación
Sus ilustres fundadores y estudiosos, que nunca
llegaron a cumplimentar el número de sitiales (unos 43), ni de corresponsales
regionales y extranjeros, son sólo un indicativo de aquellos tiempos difíciles.
Por otra parte, a lo largo de estos 50
años, el cúmulo de reuniones y trabajos fueron en realidad magros. Su gran obra
fue sin duda la elaboración del monumental libro o Memoria de la Coronación
Pontificia. Allí surgieron estudios y artículos de un clero devoto e ilustrado.
Varios de estos trabajos han sido fuente documental para las más serias
investigaciones guadalupanas posteriores. Los ensayos y artículos del inmenso
jesuita P. Mariano Cuevas; los documentados y muy bien escritos libros de
divulgación del P. Jesús García Gutiérrez y los pacientes estudios en los
meandros guadalupanos de don José Garibi Tortolero, como los amenos y
divulgativos del P. Gustavo Heredia; las investigaciones nuevas y sorprendentes
de don Antonio Pompa y Pompa, son sólo una rápida mención de la calidad más que
productividad de esta Academia.
Sin embargo, tal vez por los rígidos estatutos de
admisión, como por el fallecimiento de varios de sus primeros socios, la Academia
que sesionaba en un cómodo salón del interior de la basílica antigua, o bien
tenía sus plenarias los días anteriores al 12 de diciembre en las tribunas
capitulares de la Colegiata, pronto vio decaer su influencia y fama en los
últimos 25 años.
Un personaje de recia cantera histórica, que surgió
desde 1938 en aquella academia fue el historiador don Antonio Pompa, quien
sería tal vez el único de los supérstite y cofundadotes de la Academia y del
CEG.
No se han recogido todavía en conjunto los frutos de
aquella Academia, si bien se han reeditado en forma dispersa muchos de sus
estudios, en tanto que otros permanecen en publicaciones más que raras y
agotadas. La herencia de aquel sabio instituto fue, empero, doble: comunicó a
nuestros tiempos el ejemplo de vivir en una reciedumbre guadalupana, aún en
época de persecución y de martirio. Su otro gran legado fue advertir a las
nuevas generaciones que el modelo de Academias con miembros honoríficos y
celebridades estaba ya agotado. Otros eran los momentos cuando esta recordada
Academia cerró indefinidamente sus sesiones poco después de los años sesentas.
2. E l Centro de Estudios Guadalupanos
Para explicarse la necesidad de una nueva institución
de estudios en los temas guadalupanos, se hace necesario recordar en parte la
filosofía en cuestiones históricas que animaba a la Iglesia Católica en
aquellas fechas, y que se debía imprimir en esta nueva institución.
En diversas pláticas con el R. P. Luis Medina
Ascensio y el R. P. Ernest Burrus ambos jesuitas, como el historiógrafo católico Dr. Ernesto de
la Torre Villar, llegué a condensar los planteamientos que les animaban en su
tarea histórica. Decían:
“Una nueva generación de mexicanos que vivíamos de
glorias pasadas, ya fuera de la revolución o de nuestros mártires cristeros, o
de las épocas del populismo y el recrudecimiento de las asonadas estudiantiles,
el hedonismo fácil, un nuevo oscurantismo llamado “retorno de los brujos”,
entre tantas calamidades que darían como resultado la llamada New Age, iniciada fuera o en casa,
habían enrarecido nuestra devoción y la de nuestra mejor gente.
Los drásticos cambios oportunos y ahora justificados
que trajo la renovación de la Santa Iglesia de acuerdo a las propuestas del
Concilio Vaticano II, permitieron replantear muchos de los métodos para poner
en valor y comprensión actualizada, conocimientos antiguos así como acceder a
conceptos nuevos y a métodos, para que la comprensión del mensaje religioso e
historiografía caminasen a la par que la ciencia, sin que estuviese reñida con
ese su mundo tan envolvente. Para los historiadores católicos y peculiarmente marianos, existía una latente
necesidad de renovar determinados planteamientos y estudios de las mariofanías,
bajo nuevos métodos y enfoques, para hacerlos más asequibles a nosotros mismos
y nuestra comunidad quintaesenciada en cuestiones materiales o míticas. El
suceso guadalupano, tan obscurecido y penetrado de narraciones de una tradición
popular y un pietismo obsecuente, parecía no poder ofrecer con certidumbre sus
características documentadamente históricas, como un suceso que se dio
efectivamente en el tiempo y el espacio. Por esta misma situación, por largo
tiempo nuestra iglesia mexicana apenas si se preocupaba de efectuar una
reingeniería y fijar un nuevo formato en la historicidad guadalupana, tan
agredida por los sedicentes historiadores materialistas o sectarios, que la
sobrestiman como una cuestión <<fictiva y
producto de simples leyendas y mitos>>.
El guadalupanismo, tan rico en sus expresiones, no
podía abandonar su veta histórica a estos destrozos simplistas. Han existido y
existen firmes y sólidos argumentos documentales que corroboran este suceso
como un acontecimiento real y no una virtualidad simple, que conforman un
cúmulo de pruebas, no siempre asequibles. De ello estaban ya percatados
nuestros historiógrafos del pasado siglo; sin embargo, ante las primeras
depredaciones sectarias entraron en una defensa más que académica y razonada, en
una proliferación de apologías, inspiradas por una legitima piedad. No obstante
era necesario un replanteamiento y enfoque del problema, que al fin fue
inspirado y relanzado por los indicativos que se siguieron del Vaticano II y de
la Reunión de Puebla.
El nuevo enfoque filosófico y metodología
historiográfica, en estos temas religiosos debían ser muy claros. Sería necesario no sólo atenuar, sino abandonar en la investigación como
presentación de los estudios guadalupanos, viejas prácticas simplistas, puramente
apologéticas, pietistas o sencillamente a la usanza de un positivismo
decadente.
Se requería que al retomar muchas de las
investigaciones truncas en cuanto al suceso guadalupano y a su
documentabilidad, se ampliase el espectro de las fuentes que sólo se reducían a
citar una parcela tópica, muy manoseada. Además en forma concomitante, se
requería una apertura difícil, pero necesaria, a la participación y debate de
historiógrafos materialistas, que han estudiado el suceso guadalupano no
siempre de buena fe, si bien han trabajado bajo presupuestos documentables, en
tanto que de nuestra parte siempre auxiliados de la más difícil de las
ciencias: “el sentido común” del pueblo
de Dios. En este debate más literario que áulico, no se trataba de caer en el
populismo historial, o una cesión gratuita de espacios, que los materialistas
saben siempre llenar atinadamente con argumentos racionalistas; sino conocer
los flancos débiles en la historiografía de referencia, y abundar en sus
estudios y contrastación. La apertura de hecho abrió nuevos espacios que
abundarían más bien a favor, que en contra del guadalupanismo.
La participación de trabajos de creyentes o no, bajo
determinados presupuestos, trataba de
coincidir con la tesis postconciliar de que: “En la historiografía
religiosa no es suficiente sacar conclusiones de certidumbre, basados en lo que ofrezcan los documentos o
eventualmente las tradiciones constantes; se requiere la aplicación de una
hermenéutica, que además de sustentarse en la concurrencia del análisis
sustancialmente humano, jamás desestime el permanente contexto de la
intervención Divina”. Desde esta perspectiva, siempre queda a salvo la esencia
de la historicidad religiosa y por otra parte se trataba no de “materializar”
la historiografía guadalupana, sino de hacerla contexte en su esencialidad como
un mensaje abierto del Señor al través
de María”. En el aspecto de la universalización, se requería de mucho auxilio
en diversas áreas dentro y alrededor de la tarea histórica. De allí que era necesaria
la participación y auxilio de otras disciplinas científicas, sin abandonar
aquella devota y activa destinada a
crear puentes de comprensión. Tratábase, pues, de dejar despejada un área que
antes sólo era abrevadero de eruditos, pero al mismo tiempo de presentar los
estudios contextes a sus fuentes, sin recurrencias a aquellas sagas e historias
populares que generalmente oscurecen y trastocan vetas históricas, sólo por un
capricho pietista o puramente populista. Además no se trataba de abandonar, en
nuestro caso, el fuerte cantil de las tradiciones constantes del
guadalupanismo, pero tampoco de admitir la fácil aserción de consejas y
misterios, sólo porque son y serán del gusto popular.”
En pocas palabras, para este nuevo enfoque y
reingeniería de la historicidad guadalupana y juandieguista, era necesario un
equilibrio para comenzar a hacer ciencia histórica, y no apologías o
fascinaciones con explicaciones tecnológicas. Era necesario aclarar y
testificar documentalmente todo lo necesariamente posible, pero sin forzar
estas vías metodológicas hasta el grado de crear ficticias vías
documentalistas, sólo por el prurito cientificista de una “hiperhistoria”, que
generalmente son creación de nuevas y enredadas consejas. Y lo que es peor:
acudir a la fascinación de la tecnología, para extrapolar o fingir pruebas de
sucesos irrelevantes y equívocos, trastocando el mensaje original. Tales son,
en síntesis los lineamientos más que
pragmáticas, con las cuales quería iniciar sus tareas la nueva
institución
Es una apreciación muy personal (la que me
adelantaré a manifestar), podemos deducir de las antiguas como las nuevas
tareas del CEG, que el saldo, como en toda institución, es ambivalente. En sus
25 años tuvo sus éxitos iniciales y carriles despejados, pero también, por
desgracia al derivar a la fascinación de la “popularidad” y a una participación
abierta al diletantismo, estas tareas se han estancado precisamente en lo que
menos se deseaba y al principio se
quería evitar.
Dentro de los anteriores conceptos, quizá no tan
manifiestos cuando se planteaba un nuevo instituto dedicado a la historiografía
guadalupana, lo cierto es que el concepto y la filosofía con que debía
emprenderse estaban fincados. El modelo de un Centro de estudios moderno estaba
latente en buena parte de nuestros historiadores como diletantes del tema
guadalupano.
Uno de aquellos historiadores y apologistas heredero
de la producción de la Academia, pero al mismo tiempo creador de nuevas
investigaciones guadalupanas fue el P. Lauro López Beltrán.
Este laborioso y perspicaz sacerdote de la diócesis
de Morelos, desde la década de los 30´, venía realizando estudios en torno a la
personalidad de Juan Diego, convencido de que era necesaria su canonización.
Conocido por sus múltiples escritos juandieguistas y guadalupanos, se le
consideraba entonces la persona más adecuada para insuflar al nuevo instituto,
una inspiración recia y fecunda. Creador de una publicación importante en su
contenido y duración como fue la revista Juan Diego; así como promotor de la
devoción guadalupana en el mundo, gracias a sus grandes peregrinaciones a
sitios indistintos del planeta, la personalidad atractiva y altruista del P.
Lauro era en si misma lo fuerte y afamada para que apadrinase, en cierta
medida, la fundación del CEG.
En sus constantes visitas a la Colegiata de Nuestra
Señora de Guadalupe, trataba de convencer al ex rector del seminario conciliar
y entonces nuevo abad, monseñor
Guillermo Schulemburg Prado, para que reabriese la Academia Mexicana de Santa
María de Guadalupe, con otro nombre y otras metas de estudio. Hacia 1973-1974,
por su parte, don Antonio Pompa y Pompa, entregaba los libros internos de la
Academia y sus instalaciones, pero animaba a monseñor Schulemburg a atender la
petición del P. Lauro, así como por otra parte la insistencia del algunos
RR.PP. jesuitas, a que se enfocase otra institución de estudios sobre los temas
en torno al Tepeyac. Uno de estos sacerdotes era el doctor Luis Medina
Ascencio, quien investigaba acuciosamente en la biblioteca Lorenzo Boturini, al
tiempo que Schulemburg le había nombrado su bibliotecario.
A la sazón, en la misma basílica se encontraba un
entusiasta y fiel capellán de la Adoración Nocturna Mexicana, Mons. Enrique
Roberto Salazar y Salazar, quien fungía entonces como tesorero de aquella
Colegiata. Este sacerdote se propuso afrontar los primeros gastos que arrojaría
la reapertura del Centro e influyó ante Schulemburg, siempre sonriente, para
que se convocase a los estudiosos guadalupanos a reunirse en alguna de las
salas de la Colegiata e iniciar o reiniciar los trabajos académicos. Sin duda
intervendrían en pro de esta fundación otros diligentes y doctos canónigos de
aquella Colegiata, como Mons. Del Águila, Mons. Ibarrola, y el vicario
Ferrusca, entre otros. Acaso otras personalidades que quisieron quedarse en la
oscuridad, convencieron a Schulemburg para que se crease una nueva institución,
entre ellos el propio Sr. Cardenal Darío Miranda, así como personas seglares
que después serían los primeros socios
del CEG.
En efecto, hacia noviembre de 1974, los PP. Lauro López y Enrique Salazar,
comenzaron a llamar a sus amistades, casi todas ellas comprometidas con la
devoción y la historicidad guadalupana y juandieguista, para que de una u otra
manera contribuyeran a la refundación académica. Al mismo tiempo se elaboró por
el R. P. Luis Medina Ascensio un escrito que se convirtió pronto en el texto de
una iniciativa al episcopado y clerecía mexicana, para sumarse a la nueva
institución.
Es así como en vísperas de la primera reunión
tentativa, se coincidió en llamarle Centro de Estudios Guadalupanos,
constituyéndola como una asociación civil. En las primeras reuniones se vio
concurrir a historiadores de la fama de don Antonio Pompa, el R. P. Luis Medina
Ascensio, el hacendoso guadalupanólogo R.P. Maurilio Montemayor; al bondadoso
hospiciano Hermano Miguel Cacho, y a varios de los monseñores de la Colegiata,
como el propio Enrique Roberto Salazar; Del Águila el P. Ferrusca entre otros
que es lamentable no enlistar.
El Centro de Estudios Guadalupanos quedó finalmente
conformado hacia 1975, con la participación de los historiadores: don Antonio
Pompa, R. P. Luis Medina Ascensio, Dr. Ernesto de la .Torre Villar, el R. P.
franciscano Dr. Fidel Chauvet el profesor Miguel Ceveira Taboada del Archivo
General de la Nación y el políglota y
nahuatlato Mtro. Guillermo Ortiz de Montellano, entre otros.
Muy poco tiempo
después se le unieron jóvenes historiadores laicos como el maestro Ramón
Sánchez Flores, el Lic. Luis Rublúo Islas y la Dra. Gloria Grajales, entre
otros. Los sacerdotes guadalupanos fueron numerosos a la cabeza de los PP.
Lauro López Beltrán y el Mons. Roberto Enrique Salazar, entre ellos figuraron
abiertamente el R. P. Maurilio Montemayor,
el oratoriano R. P. Luis Ávila Blancas, los RR.PP: franciscanos, los
Operarios de Cristo; los misioneros del Espíritu Santo y algunas congregaciones
religiosas de hermanas, constantemente asistían. Debe añadirse a esta primera
participación una notable relación de personas seglares, cuyos nombres aparecen
en el enlistado general.
En los primeros cinco años de vida se desarrolló una
actividad inusitada, gracias a la disciplina y voluntad, así como bonhomía que
impuso la personalidad de monseñor Enrique Roberto Salazar, quien dotado de una
animación contagiosa, apresuraba el planteamiento y redacción de los primeros
trabajos.
En efecto, comenzaron a dar resultados las
investigaciones y escritos en torno al suceso del Tepeyac, surgidos durante las
sesiones de trabajo practicadas un día a la semana (los jueves), y que
posteriormente se volcaron en las reuniones anuales llamadas Encuentros. Al
mismo tiempo se comenzaba a publicar los periódicos y revistas oficiales del
CEG, llamados: “Tepeyac” e “Histórica”, a manos del paciente y activo P.
Porfirio Valdez de la diócesis de
Hidalgo. Animaban estas reuniones y las organizaban o divulgaban,
diligentes personas seglares, como la Sra. Guadalupe Madrazo, los esposos Hill Romero, la periodista Ana María Gutiérrez;
Pedro.......... y su esposa, entre otros.
3. Crecimiento del CEG
Los óptimos frutos que rendían los primeros
Encuentros guadalupanos (que puntualmente se reseñan en esta Memoria por el
Ing. Isaac Velásquez) motivaron a que varios estudiosos mexicanos del portento
del Tepeyac, se acercasen al CEG o bien fuesen invitados a participar.
Del extranjero pronto se tuvieron magníficas
respuestas. Ello lo demuestra la concurrencia a actos semanales o a los
Encuentros, de historiadores católicos de la talla del R. P. Ernest Burrus del
Instituto Histórico de la Compañía de
Jesús de Roma; o el antropólogo belga, hermano Bruno Aimard.
Fueron prácticamente cofundadores del CEG, al lado
de otros notables investigadores que se unieron pronto a esta tarea como el
entusiasta y dadivoso marianólogo, Mons. Aureliano Tapia Méndez de la
arquidiócesis de Monterrey; el P. Mario Rojas Sánchez, nahuatlato, el R. P.
Xavier Escalada, de prosapia guadalupana el R. P. Víctor García, misionero del
Espíritu Santo, y el ya mencionado R. P. filipense Luis Ávila , que con sus
trabajos y participaciones en los Encuentros y en los medios de divulgación
contribuyeron grandemente a la excitación para efectuar estudios en torno al
guadalupanismo, desde una perspectiva renovada y científica.
Precisamente el más activo en la publicación de
temas alrededor del santo suceso del Tepeyac fue el P. Lauro López Beltrán,
quien si bien ya poseía una largo historial en la divulgación, principalmente
de la vida y santidad de Juan Diego, logró dar a luz varios de sus ensayos y
conjuntos de crónicas, bajo las siglas del CEG. En este entusiasmo el más
observador de la actividad era el propio Arzobispo de la arquidiócesis de
México, Mons. Dr. Ernesto Corripio
Ahumada. En efecto, desde su primer día de trabajo el 25 de noviembre de 1977,
cuando recibió la arquidiócesis de manos de otro devoto guadalupano como lo era
el Cardenal Darío Miranda, don Ernesto Corripio se propuso no sólo engrandecer
la causa guadalupana, sino colaborar en todo lo que se ofreciera para las
grandes fiestas jubilares que estaban por celebrarse.
4. Reintroducción de la Causa Canónica de Juan Diego
Uno de los temas que tuvieron mayor atención en los Encuentros
del CEG, fue el del Vidente del Tepeyac. En varios de ellos, presentó diversos
estudios sobre el tema el acuciosos P. Lauro, quien recién había editado un
libro sobre asuntos relacionados con la santidad de Juan Diego. En uno de éstos
Encuentros (el segundo), el P. Lauro, aprovechó
la presencia del ya entonces Cardenal Corripio Ahumada, solicitándole
amparase como tarea privilegiada la nueva introducción de la Causa canónica de
Juan Diego. (Ya existía una frustrada tentativa hacia los años 40´) En respaldo
a la petición ofreció el P. Lauro varios argumentos, en los que se evidenciaba
que reuniendo la documentación ya existente, más aquella que fuese necesaria,
existía el material necesario para la introducción de la Causa. Uniéndose a la
propuesta, lo hicieron todo los miembros del CEG encabezados por Mons. Enrique
Salazar, quien dispuso trabajaría sin descanso por tan noble Causa.
Por su parte
el postulador del las causas diocesanas, Mons. Vicente Torres, quien asistía a
las reuniones, igualmente apoyó las propuestas.
En el CEG, quedó formada una comisión de estudios
para la implementación documental necesaria para la nueva introducción de la
causa de Juan Diego, en la que quedaron como responsables de la tarea notables
historiadores como: el R. P. Luis Medina Ascensio S.J, el historiador mariano
P. Manuel Rangel Camacho y el investigador del Archivo Histórico de Hacienda,
Mtro. Ramón Sánchez Flores. Esta misma Comisión fue elevada por el Dr. Corripio
Ahumada al rango de peritos históricos
de la misma, y se procedió a su nombramiento oficial.
Al mismo
tiempo en el CEG quedaba formalizada cada una de las comisiones para analizar e
introducir la mencionada Causa, nombrando el Sr. Cardenal al propio Mons.
Enrique Roberto Salazar como Postulador de la misma ante la Congregación de
los Santos. Puede decirse que en bien de
la mencionada Causa introductoria, dedicaron sus trabajos casi todos los
miembros activos del CEG. Como ejemplo es de citarse al R.P. Luis Ávila C.O.,
quien recibió en la iglesia de La Profesa, las deposiciones de las personas que
fueron llamadas para testificar en torno a la mencionada Causa. Los RR PP.
Víctor García Ms.Sp. S. y Maurilio Montemayor S.J., recibieron diversas
encomiendas, ya fuese la publicación de los trabajos históricos, o la redacción de relatos biográficos en torno
a Juan Diego.
Con el decidido respaldo moral y económico de sacerdotes, devotos y
fieles, comenzó a verse prosperar la Causa canónica; peculiarmente cuando el
Episcopado mexicano se unió solidariamente a éste propósito siguiendo la
excitativa y ejemplo del propio Primado monseñor Corripio Ahumada.
Quedó en manos de Mons. Salazar el introducir
oficialmente en Roma dicha Causa y en menos de un año, estaban ya formalizados
los expedientes para efectuar el documento final introductorio, llamado In sólidum.
Para monitorear la mencionada Causa, se nombró al mejor abogado consistorial de Roma, quien ha llevado el mayor record de santos en el último siglo, como lo era el Doctor Giulio Dante.
A partir de l979, en el decurso de 10 años, la mencionada Causa, ha tenido éxitos sorprendentes. Más no había sido sencillo, tras pasar por todos los difíciles momentos que devienen de una negociación de tanto cuidado, sin embargo se mostraba palpablemente que los favores que Dios va ofreciendo al través de su Siervo, han venido resolviendo la posibilidad tan anhelada.
Indudablemente resultaría prolijo el señalar paso
por paso, los progresos como dificultades de este santo propósito. Un libro es
necesario para tal descripción. Más sería suficiente señalar que en manos del
Centro de Estudios Guadalupanos, y en las diversas etapas de sus agremiados por
más de 20 años, la Causa de Juan Diego, ha sido su obra esencial. Han
participado en ella varios profesionales y conocedores laicos y religiosos,
cuyos nombres merecen ser citados aparte en forma especial.
(Ver
enlistado de personas que han colaborado en la C. Canónica de J. Diego)
Cruza en los momentos actuales un periodo
posiblemente recesivo, y estando a punto de lograrse la mencionada
canonización, ha sido renovada la propuesta del CEG sin descanso, no obstante
que por disposición de la S. Mitra ya se
trasladó esta difícil tarea a otro equipo de trabajo. En cualquier
forma, todos esperamos que el propio Juan Diego haga su más sonado milagro,
como sería su propia canonización.
Como un paradigma de la más noble como lastimada
porción de nuestra grey americana y de otras latitudes, como son los aborígenes
del Planeta, tendrán en Juan Diego elevado a los altares, la señal de que en el
reino de Dios no hay distingos de individuos, sean de las razas y pueblos que
sean, por tarde que esto venga a demostrarse.
Ha sido tal el fervoroso contagio que movió
mundialmente la introducción de la causa de Juan Diego, que en otros países,
como Canadá y los EE. UU. se llevaron causas de otros indígenas, que por cierto
ya llegaron a santos, mientras nuestro Juan Diego fuese solamente beatificado
en el decreto dado por su SS Juan Pablo II en la propia basílica de N. Sra. De
Guadalupe en mayo de 1990, durante su segunda visita a México.
5. Una
nueva época para el CEG
Indudablemente las personas como las instituciones
evolucionan ya sea alcanzando grados de perfección y aumento, muy variables. El
CEG, ha logrado en sus 25 años de trabajos superar muchas de aquellas
predicciones negativas que lo hacían sólo una “reunión de apologistas y
beatas”. El CEG demostró en poco tiempo que era real la necesidad del instituto
y era capaz de dar resultados. Sin embargo a lo largo de su eficaz vida no todo
tenía que ser rígidamente académico. En efecto, en su apertura a una mayor
participación secular, así como permitió la incorporación de verdaderos
estudiosos, y diletantes serios, también arribaron aquellos que optan por las
manifestaciones y derivaciones
sensacionalistas del misterioso portento de nuestra Madre del Tepeyac...
El SEG se vio entonces colmado por
estudiosos y diletantes que más bien han tratado desentrañar los misterios icnográficos de la
milagrosa efigie del Tepeyac. Abundaron los estudios de oftalmólogos,
pictógrafos, “astrólogos” y programadores analistas de escaneadores, como de
fotografías sobre el ayate o reproducciones de la Sagrada Imagen. En esa misma
línea se divulgaron productos de la observación de figuras en sus ojos, en su
manto, en su veste etc. Entre ellos no
dejan de ser notables los estudios de
Charles Whalig, don Carlos Salinas, y últimamente el profrs. Aste Tonsman, y el
Dr. Valdez, dedicados a investigaciones sensacionalistas para tratar de
desentrañar estos hechos. En otro sentido, las fotografías estudiadas por el
Lic. L. Franyutti, tratan de demostrar superposiciones en los diseños
particulares y originales de la primitiva imagen. Otra rama un tanto socorrida
ha sido el análisis sobre la iconografía de la vestimenta y del propio
simulacro mariano, como es la imagen, magníficamente descrita por el P. Mario
Rojas Sánchez, entre otros.
A partir de 1985, los estudios históricos del CEG fueron
tomando líneas de investigación muy heterogénea y dispar en la propia calidad
histórica. Citando sólo como notables: los estudios del ing. Isaac. Velásquez,
que han tratado temas tópicos así como genealógicos de espacio y personas
relacionadas con el Tepeyac... En la misma forma los estudios del cronista de
la Villa de Guadalupe, Lic. Horacio Sentíes derivaron en una complicada y
prolongada dirección genealógica juandieguista. Mientras que algunos otros
estudios, como los del P. Guerrero, sin perder su cantera académica, se
mantuvieron en la expresión del milagro y su historia, desde la perspectiva
poética del mundo original que los generó. Han existido otros estudios
similares, que no han alcanzado la perfección y divulgación que los anteriores.
Sin que pueda hablarse de una erosión recesiva, el
CEG indudablemente recaló en sus últimos 12 o 15 años en un afán, más que
científico, en esoterista y populista; camino reciente del que existen resultados que han tenido cierta
anuencia más bien emocional, pero
que es impredecible todavía definir sus alcances en verdadero beneficio de la
historiografía tepeyacense.
En la tesitura diferente a los propósitos primeros
del CEG, estos estudios vulgarizaron y llevaron a los best sellers, a los sets
y a la TV, lo que otrora fuera una
tarea de investigación y difusión histórica de corte académico.
Desafortunadamente ello propició
que pronto comenzaran a ausentarse los
primeros historiadores e investigadores que le dieron origen a esa institución.
Ya para antes de l990 por diversas causas no asistimos a las reuniones sus
primeros miembros. En tal sentido, las ausencias han sido renovadas con
miembros y estudiosos de las diversas orientaciones ya citadas.
Sin embargo debe reconocerse que conforman una etapa
en alguna medida interesante debido a que produjo, sin duda, una curiosa
inserción devocional de personas irreligiosas hacia Nuestra Señora de Guadalupe
y Juan Diego en un mundo tan veleidoso y
complicado.
Una crónica pormenorizada de la Segunda y Tercera
Época del CEG, sin duda será interesante, empero éste nos es por ahora nuestro
propósito.
El resultado después de veinticinco años seguirá
evaluándose con mejor tino, por aquellos que vean lo sucedido desde la
distancia del tiempo, y acaso ajenos a la emoción de quienes ahora lo hacemos,
en recuerdo de nuestro Centro de
Estudios Guadalupanos de ayer, de hoy, y de siempre.