Conferencia del Prof. Ramón Sánchez Flores, pronunciada en el año 2000 con motivo del XXV aniversario del Centro de Estudios Guadalupanos, A.C.

 

Bitácora para una Crónica

En los XXV años de Actividades del

Centro de Estudios Guadalupanos, A.C.

Por Ramón Sánchez Flores

 

Introducción

 

 

 

La celebración de cada fecha conmemorativa en los fastos guadalupanos ha ofrecido resultados favorables, no sólo por el aumento del culto a la Celestial Señora, sino también para dinamizar el interés de los estudiosos de la historicidad del portento del Tepeyac, y aumentar así nuestro respeto y devoción por tan gran suceso.

Indudablemente esto acontecía el 12 de octubre de 1920 cuando se celebraban las bodas de plata de la Pontificia coronación de Nuestra Señora de Guadalupe. En aquella oportunidad el entonces arzobispo doctor don Manuel Mora y del Río, observando y sufriendo los peligros en que se hallaba hundida nuestra nación, tanto por las asechanzas irreligiosas de los enemigos domésticos, como lo de fuera, urgía que la devoción de Nuestra Señora tan atacada por los sectarios, se enriqueciera con estudios e investigaciones profundas que permitieran con mayor certidumbre científica, poner en valor la historicidad del suceso guadalupano.

Invitó en aquel entonces como asesores para los festejos jubilares, a un selecto grupo de personas profesionales y doctas. Allí se presentaron historiadores de la talla de don Jesús García Gutiérrez y don Juan B. Iguiniz, como también sabios teólogos y canonistas como don Vicente Chaparro, don José María Méndez, don Luis G. Gordoa, así como los reverendos padres jesuitas muy conocidos por sus escritos, como el R. P. Gustavo Heredia y Luis G. Villanueva, sin faltar guadalupanos entusiastas como el indefectible don Ángel Vivanco Esteve.

De entre esta pléyade de aquellas épocas, surgió la necesidad de concretar los deseos del Primado, resolviendo establecerse como una institución de estudios que se llamaría Academia Mexicana de Santa María de Guadalupe.

Precisamente de aquella  oportuna fundación, que perduró por más de 55 años, si bien sólo en sus últimas décadas de sólo nombre, se despertó la necesidad de refundarla con un nuevo sentido y actividades.

Es así como surge el Centro de Estudios Guadalupanos, también coincidente en un magnífico aniversario de los fastos marianos de México.

En el raudo relato que haremos de nuestro Centro, comúnmente llamado el CEG, recordaremos esencialmente sus logros morales y creativos, que se obtuvieron con la concurrencia de notables y numerosos socios, ejerciendo con celo su labor y tarea, cada uno en los niveles de estudio y trabajo en que ofrecieron ser útiles.

Sería impreciso y prolijo enumerar todo, y a todos y cada uno, a lo largo del relato. Centraré mi análisis en aquellos momentos y personajes que en el decurso de estos veinticinco años han venido impulsando una obra de generación de inquietudes, de estudios y creatividad de la que sin duda debe estar orgullosa nuestra iglesia mexicana.

En los apéndices de nuestro relato, se añadirán en plenitud los nombres completos de todos nuestros socios del CEG, mujeres y hombres que de tiempo en tiempo o permanentemente han acudido a las tareas y llamados de su dinámica y perseverante dirección.

Nuestro relato, es pues, una bitácora de hechos y no de anécdotas. Quede aquí una muestra de la productividad de nuestro Centro como una aportación de datos para quienes sin duda, allá más adelante, rescribirán tan importante crónica de alguna de las instituciones que en forma contemporánea y firme han trabajado por el suceso guadalupano de México.

 

 

Ramón Sánchez Flores

CEG.

 En Bellavista, Puebla, invierno del 2000

 

 

 

       1. La Academia Mexicana de Santa María de Guadalupe y sus logros

 

La fundación académica del arzobispo Mora y del Río del 12 de octubre de 1920, como toda la iglesia mexicana, estuvo también en el vórtice de la inestabilidad y las sangrientas luchas como atentados que padeció el catolicismo en nuestra nación

Sus ilustres fundadores y estudiosos, que nunca llegaron a cumplimentar el número de sitiales (unos 43), ni de corresponsales regionales y extranjeros, son sólo un indicativo de aquellos tiempos difíciles. Por otra parte, a lo largo de estos  50 años, el cúmulo de reuniones y trabajos fueron en realidad magros. Su gran obra fue sin duda la elaboración del monumental libro o Memoria de la Coronación Pontificia. Allí surgieron estudios y artículos de un clero devoto e ilustrado. Varios de estos trabajos han sido fuente documental para las más serias investigaciones guadalupanas posteriores. Los ensayos y artículos del inmenso jesuita P. Mariano Cuevas; los documentados y muy bien escritos libros de divulgación del P. Jesús García Gutiérrez y los pacientes estudios en los meandros guadalupanos de don José Garibi Tortolero, como los amenos y divulgativos del P. Gustavo Heredia; las investigaciones nuevas y sorprendentes de don Antonio Pompa y Pompa, son sólo una rápida mención de la calidad más que productividad  de esta Academia.

Sin embargo, tal vez por los rígidos estatutos de admisión, como por el fallecimiento de varios de sus primeros socios, la Academia que sesionaba en un cómodo salón del interior de la basílica antigua, o bien tenía sus plenarias los días anteriores al 12 de diciembre en las tribunas capitulares de la Colegiata, pronto vio decaer su influencia y fama en los últimos 25 años.

Un personaje de recia cantera histórica, que surgió desde 1938 en aquella academia fue el historiador don Antonio Pompa, quien sería tal vez el único de los supérstite y cofundadotes de la Academia y del CEG.

No se han recogido todavía en conjunto los frutos de aquella Academia, si bien se han reeditado en forma dispersa muchos de sus estudios, en tanto que otros permanecen en publicaciones más que raras y agotadas. La herencia de aquel sabio instituto fue, empero, doble: comunicó a nuestros tiempos el ejemplo de vivir en una reciedumbre guadalupana, aún en época de persecución y de martirio. Su otro gran legado fue advertir a las nuevas generaciones que el modelo de Academias con miembros honoríficos y celebridades estaba ya agotado. Otros eran los momentos cuando esta recordada Academia cerró indefinidamente sus sesiones poco después de los años sesentas.

                             

                                   2.  E l Centro de Estudios Guadalupanos

 

Para explicarse la necesidad de una nueva institución de estudios en los temas guadalupanos, se hace necesario recordar en parte la filosofía en cuestiones históricas que animaba a la Iglesia Católica en aquellas fechas, y que se debía imprimir en esta nueva institución.

En diversas pláticas con el R. P. Luis Medina Ascensio y el R. P. Ernest Burrus ambos jesuitas,  como el historiógrafo católico Dr. Ernesto de la Torre Villar, llegué a condensar los planteamientos que les animaban en su tarea histórica. Decían:

“Una nueva generación de mexicanos que vivíamos de glorias pasadas, ya fuera de la revolución o de nuestros mártires cristeros, o de las épocas del populismo y el recrudecimiento de las asonadas estudiantiles, el hedonismo fácil, un nuevo oscurantismo llamado “retorno de los brujos”, entre tantas calamidades que darían como resultado la llamada New Age, iniciada fuera o en casa, habían enrarecido nuestra devoción y la de nuestra mejor gente.

Los drásticos cambios oportunos y ahora justificados que trajo la renovación de la Santa Iglesia de acuerdo a las propuestas del Concilio Vaticano II, permitieron replantear muchos de los métodos para poner en valor y comprensión actualizada, conocimientos antiguos así como acceder a conceptos nuevos y a métodos, para que la comprensión del mensaje religioso e historiografía caminasen a la par que la ciencia, sin que estuviese reñida con ese su mundo tan envolvente. Para los historiadores católicos y  peculiarmente marianos, existía una latente necesidad de renovar determinados planteamientos y estudios de las mariofanías, bajo nuevos métodos y enfoques, para hacerlos más asequibles a nosotros mismos y nuestra comunidad quintaesenciada en cuestiones materiales o míticas. El suceso guadalupano, tan obscurecido y penetrado de narraciones de una tradición popular y un pietismo obsecuente, parecía no poder ofrecer con certidumbre sus características documentadamente históricas, como un suceso que se dio efectivamente en el tiempo y el espacio. Por esta misma situación, por largo tiempo nuestra iglesia mexicana apenas si se preocupaba de efectuar una reingeniería y fijar un nuevo formato en la historicidad guadalupana, tan agredida por los sedicentes historiadores materialistas o sectarios, que la sobrestiman como una cuestión <<fictiva y  producto de simples leyendas y mitos>>. 

El guadalupanismo, tan rico en sus expresiones, no podía abandonar su veta histórica a estos destrozos simplistas. Han existido y existen firmes y sólidos argumentos documentales que corroboran este suceso como un acontecimiento real y no una virtualidad simple, que conforman un cúmulo de pruebas, no siempre asequibles. De ello estaban ya percatados nuestros historiógrafos del pasado siglo; sin embargo, ante las primeras depredaciones sectarias entraron en una defensa más que académica y razonada, en una proliferación de apologías, inspiradas por una legitima piedad. No obstante era necesario un replanteamiento y enfoque del problema, que al fin fue inspirado y relanzado por los indicativos que se siguieron del Vaticano II y de la Reunión de Puebla.

El nuevo enfoque filosófico y metodología historiográfica, en estos temas religiosos debían ser  muy claros. Sería necesario no sólo  atenuar, sino abandonar en la investigación como presentación de los estudios guadalupanos, viejas prácticas simplistas, puramente apologéticas, pietistas o sencillamente a la usanza de un positivismo decadente.

Se requería que al retomar muchas de las investigaciones truncas en cuanto al suceso guadalupano y a su documentabilidad, se ampliase el espectro de las fuentes que sólo se reducían a citar una parcela tópica, muy manoseada. Además en forma concomitante, se requería una apertura difícil, pero necesaria, a la participación y debate de historiógrafos materialistas, que han estudiado el suceso guadalupano no siempre de buena fe, si bien han trabajado bajo presupuestos documentables, en tanto que de nuestra parte siempre auxiliados de la más difícil de las ciencias: “el sentido común” del  pueblo de Dios. En este debate más literario que áulico, no se trataba de caer en el populismo historial, o una cesión gratuita de espacios, que los materialistas saben siempre llenar atinadamente con argumentos racionalistas; sino conocer los flancos débiles en la historiografía de referencia, y abundar en sus estudios y contrastación. La apertura de hecho abrió nuevos espacios que abundarían más bien a favor, que en contra del guadalupanismo.

La participación de trabajos de creyentes o no, bajo determinados presupuestos, trataba de  coincidir con la tesis postconciliar de que: “En la historiografía religiosa no es suficiente sacar conclusiones de certidumbre, basados en  lo que ofrezcan los documentos o eventualmente las tradiciones constantes; se requiere la aplicación de una hermenéutica, que además de sustentarse en la concurrencia del análisis sustancialmente humano, jamás desestime el permanente contexto de la intervención Divina”. Desde esta perspectiva, siempre queda a salvo la esencia de la historicidad religiosa y por otra parte se trataba no de “materializar” la historiografía guadalupana, sino de hacerla contexte en su esencialidad como un  mensaje abierto del Señor al través de María”. En el aspecto de la universalización, se requería de mucho auxilio en diversas áreas dentro y alrededor de la tarea histórica. De allí que era necesaria la participación y auxilio de otras disciplinas científicas, sin abandonar aquella devota y activa  destinada a crear puentes de comprensión. Tratábase, pues, de dejar despejada un área que antes sólo era abrevadero de eruditos, pero al mismo tiempo de presentar los estudios contextes a sus fuentes, sin recurrencias a aquellas sagas e historias populares que generalmente oscurecen y trastocan vetas históricas, sólo por un capricho pietista o puramente populista. Además no se trataba de abandonar, en nuestro caso, el fuerte cantil de las tradiciones constantes del guadalupanismo, pero tampoco de admitir la fácil aserción de consejas y misterios, sólo porque son y serán del gusto popular.”

En pocas palabras, para este nuevo enfoque y reingeniería de la historicidad guadalupana y juandieguista, era necesario un equilibrio para comenzar a hacer ciencia histórica, y no apologías o fascinaciones con explicaciones tecnológicas. Era necesario aclarar y testificar documentalmente todo lo necesariamente posible, pero sin forzar estas vías metodológicas hasta el grado de crear ficticias vías documentalistas, sólo por el prurito cientificista de una “hiperhistoria”, que generalmente son creación de nuevas y enredadas consejas. Y lo que es peor: acudir a la fascinación de la tecnología, para extrapolar o fingir pruebas de sucesos irrelevantes y equívocos, trastocando el mensaje original. Tales son, en síntesis los lineamientos más que  pragmáticas, con las cuales quería iniciar sus tareas la nueva institución

 

Es una apreciación muy personal (la que me adelantaré a manifestar), podemos deducir de las antiguas como las nuevas tareas del CEG, que el saldo, como en toda institución, es ambivalente. En sus 25 años tuvo sus éxitos iniciales y carriles despejados, pero también, por desgracia al derivar a la fascinación de la “popularidad” y a una participación abierta al diletantismo, estas tareas se han estancado precisamente en lo que menos se deseaba y al principio  se quería evitar.

 

Dentro de los anteriores conceptos, quizá no tan manifiestos cuando se planteaba un nuevo instituto dedicado a la historiografía guadalupana, lo cierto es que el concepto y la filosofía con que debía emprenderse estaban fincados. El modelo de un Centro de estudios moderno estaba latente en buena parte de nuestros historiadores como diletantes del tema guadalupano.

Uno de aquellos historiadores y apologistas heredero de la producción de la Academia, pero al mismo tiempo creador de nuevas investigaciones guadalupanas fue el P. Lauro López Beltrán.

Este laborioso y perspicaz sacerdote de la diócesis de Morelos, desde la década de los 30´, venía realizando estudios en torno a la personalidad de Juan Diego, convencido de que era necesaria su canonización. Conocido por sus múltiples escritos juandieguistas y guadalupanos, se le consideraba entonces la persona más adecuada para insuflar al nuevo instituto, una inspiración recia y fecunda. Creador de una publicación importante en su contenido y duración como fue la revista Juan Diego; así como promotor de la devoción guadalupana en el mundo, gracias a sus grandes peregrinaciones a sitios indistintos del planeta, la personalidad atractiva y altruista del P. Lauro era en si misma lo fuerte y afamada para que apadrinase, en cierta medida, la fundación del CEG.

En sus constantes visitas a la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, trataba de convencer al ex rector del seminario conciliar y entonces  nuevo abad, monseñor Guillermo Schulemburg Prado, para que reabriese la Academia Mexicana de Santa María de Guadalupe, con otro nombre y otras metas de estudio. Hacia 1973-1974, por su parte, don Antonio Pompa y Pompa, entregaba los libros internos de la Academia y sus instalaciones, pero animaba a monseñor Schulemburg a atender la petición del P. Lauro, así como por otra parte la insistencia del algunos RR.PP. jesuitas, a que se enfocase otra institución de estudios sobre los temas en torno al Tepeyac. Uno de estos sacerdotes era el doctor Luis Medina Ascencio, quien investigaba acuciosamente en la biblioteca Lorenzo Boturini, al tiempo que Schulemburg le había nombrado su bibliotecario.

 

 

A la sazón, en la misma basílica se encontraba un entusiasta y fiel capellán de la Adoración Nocturna Mexicana, Mons. Enrique Roberto Salazar y Salazar, quien fungía entonces como tesorero de aquella Colegiata. Este sacerdote se propuso afrontar los primeros gastos que arrojaría la reapertura del Centro e influyó ante Schulemburg, siempre sonriente, para que se convocase a los estudiosos guadalupanos a reunirse en alguna de las salas de la Colegiata e iniciar o reiniciar los trabajos académicos. Sin duda intervendrían en pro de esta fundación otros diligentes y doctos canónigos de aquella Colegiata, como Mons. Del Águila, Mons. Ibarrola, y el vicario Ferrusca, entre otros. Acaso otras personalidades que quisieron quedarse en la oscuridad, convencieron a Schulemburg para que se crease una nueva institución, entre ellos el propio Sr. Cardenal Darío Miranda, así como personas seglares que después serían  los primeros socios del CEG.

En efecto, hacia noviembre de 1974,  los PP. Lauro López y Enrique Salazar, comenzaron a llamar a sus amistades, casi todas ellas comprometidas con la devoción y la historicidad guadalupana y juandieguista, para que de una u otra manera contribuyeran a la refundación académica. Al mismo tiempo se elaboró por el R. P. Luis Medina Ascensio un escrito que se convirtió pronto en el texto de una iniciativa al episcopado y clerecía mexicana, para sumarse a la nueva institución.

Es así como en vísperas de la primera reunión tentativa, se coincidió en llamarle Centro de Estudios Guadalupanos, constituyéndola como una asociación civil. En las primeras reuniones se vio concurrir a historiadores de la fama de don Antonio Pompa, el R. P. Luis Medina Ascensio, el hacendoso guadalupanólogo R.P. Maurilio Montemayor; al bondadoso hospiciano Hermano Miguel Cacho, y a varios de los monseñores de la Colegiata, como el propio Enrique Roberto Salazar; Del Águila el P. Ferrusca entre otros que es lamentable no enlistar.

 

El Centro de Estudios Guadalupanos quedó finalmente conformado hacia 1975, con la participación de los historiadores: don Antonio Pompa, R. P. Luis Medina Ascensio, Dr. Ernesto de la .Torre Villar, el R. P. franciscano Dr. Fidel Chauvet el profesor Miguel Ceveira Taboada del Archivo General de la Nación  y el políglota y nahuatlato Mtro. Guillermo Ortiz de Montellano, entre otros.

Muy poco tiempo  después se le unieron jóvenes historiadores laicos como el maestro Ramón Sánchez Flores, el Lic. Luis Rublúo Islas y la Dra. Gloria Grajales, entre otros. Los sacerdotes guadalupanos fueron numerosos a la cabeza de los PP. Lauro López Beltrán y el Mons. Roberto Enrique Salazar, entre ellos figuraron abiertamente el R. P. Maurilio Montemayor,  el oratoriano R. P. Luis Ávila Blancas, los RR.PP: franciscanos, los Operarios de Cristo; los misioneros del Espíritu Santo y algunas congregaciones religiosas de hermanas, constantemente asistían. Debe añadirse a esta primera participación una notable relación de personas seglares, cuyos nombres aparecen en el enlistado general. 

 

En los primeros cinco años de vida se desarrolló una actividad inusitada, gracias a la disciplina y voluntad, así como bonhomía que impuso la personalidad de monseñor Enrique Roberto Salazar, quien dotado de una animación contagiosa, apresuraba el planteamiento y redacción de los primeros trabajos.

En efecto, comenzaron a dar resultados las investigaciones y escritos en torno al suceso del Tepeyac, surgidos durante las sesiones de trabajo practicadas un día a la semana (los jueves), y que posteriormente se volcaron en las reuniones anuales llamadas Encuentros. Al mismo tiempo se comenzaba a publicar los periódicos y revistas oficiales del CEG, llamados: “Tepeyac” e “Histórica”, a manos del paciente y activo P. Porfirio Valdez de la diócesis de  Hidalgo. Animaban estas reuniones y las organizaban o divulgaban, diligentes personas seglares, como la Sra. Guadalupe Madrazo, los esposos Hill  Romero, la periodista Ana María Gutiérrez; Pedro.......... y su esposa, entre otros.

 

                                          

 

                                              3. Crecimiento del CEG

 

Los óptimos frutos que rendían los primeros Encuentros guadalupanos (que puntualmente se reseñan en esta Memoria por el Ing. Isaac Velásquez) motivaron a que varios estudiosos mexicanos del portento del Tepeyac, se acercasen al CEG o bien fuesen invitados a participar.

Del extranjero pronto se tuvieron magníficas respuestas. Ello lo demuestra la concurrencia a actos semanales o a los Encuentros, de historiadores católicos de la talla del R. P. Ernest Burrus del Instituto Histórico de  la Compañía de Jesús de Roma; o el  antropólogo belga,  hermano Bruno Aimard.

Fueron prácticamente cofundadores del CEG, al lado de otros notables investigadores que se unieron pronto a esta tarea como el entusiasta y dadivoso marianólogo, Mons. Aureliano Tapia Méndez de la arquidiócesis de Monterrey; el P. Mario Rojas Sánchez, nahuatlato, el R. P. Xavier Escalada, de prosapia guadalupana el R. P. Víctor García, misionero del Espíritu Santo, y el ya mencionado R. P. filipense Luis Ávila , que con sus trabajos y participaciones en los Encuentros y en los medios de divulgación contribuyeron grandemente a la excitación para efectuar estudios en torno al guadalupanismo, desde una perspectiva renovada y científica.

Precisamente el más activo en la publicación de temas alrededor del santo suceso del Tepeyac fue el P. Lauro López Beltrán, quien si bien ya poseía una largo historial en la divulgación, principalmente de la vida y santidad de Juan Diego, logró dar a luz varios de sus ensayos y conjuntos de crónicas, bajo las siglas del CEG. En este entusiasmo el más observador de la actividad era el propio Arzobispo de la arquidiócesis de México, Mons. Dr. Ernesto  Corripio Ahumada. En efecto, desde su primer día de trabajo el 25 de noviembre de 1977, cuando recibió la arquidiócesis de manos de otro devoto guadalupano como lo era el Cardenal Darío Miranda, don Ernesto Corripio se propuso no sólo engrandecer la causa guadalupana, sino colaborar en todo lo que se ofreciera para las grandes fiestas jubilares que estaban por celebrarse.

 

                   4. Reintroducción de la Causa Canónica de Juan Diego

 

Uno de los temas que tuvieron mayor atención en los Encuentros del CEG, fue el del Vidente del Tepeyac. En varios de ellos, presentó diversos estudios sobre el tema el acuciosos P. Lauro, quien recién había editado un libro sobre asuntos relacionados con la santidad de Juan Diego. En uno de éstos Encuentros (el segundo), el P. Lauro, aprovechó  la presencia del ya entonces Cardenal Corripio Ahumada, solicitándole amparase como tarea privilegiada la nueva introducción de la Causa canónica de Juan Diego. (Ya existía una frustrada tentativa hacia los años 40´) En respaldo a la petición ofreció el P. Lauro varios argumentos, en los que se evidenciaba que reuniendo la documentación ya existente, más aquella que fuese necesaria, existía el material necesario para la introducción de la Causa. Uniéndose a la propuesta, lo hicieron todo los miembros del CEG encabezados por Mons. Enrique Salazar, quien dispuso trabajaría sin descanso por tan noble Causa.

 Por su parte el postulador del las causas diocesanas, Mons. Vicente Torres, quien asistía a las reuniones, igualmente apoyó las propuestas.

En el CEG, quedó formada una comisión de estudios para la implementación documental necesaria para la nueva introducción de la causa de Juan Diego, en la que quedaron como responsables de la tarea notables historiadores como: el R. P. Luis Medina Ascensio S.J, el historiador mariano P. Manuel Rangel Camacho y el investigador del Archivo Histórico de Hacienda, Mtro. Ramón Sánchez Flores. Esta misma Comisión fue elevada por el Dr. Corripio Ahumada al rango  de peritos históricos de la misma, y se procedió a su nombramiento oficial.

 

 Al mismo tiempo en el CEG quedaba formalizada cada una de las comisiones para analizar e introducir la mencionada Causa, nombrando el Sr. Cardenal al propio Mons. Enrique Roberto Salazar como Postulador de la misma ante la Congregación de los  Santos. Puede decirse que en bien de la mencionada Causa introductoria, dedicaron sus trabajos casi todos los miembros activos del CEG. Como ejemplo es de citarse al R.P. Luis Ávila C.O., quien recibió en la iglesia de La Profesa, las deposiciones de las personas que fueron llamadas para testificar en torno a la mencionada Causa. Los RR PP. Víctor García Ms.Sp. S. y Maurilio Montemayor S.J., recibieron diversas encomiendas, ya fuese la publicación de los trabajos históricos, o  la redacción de relatos biográficos en torno a Juan Diego.

Con el decidido respaldo  moral y económico de sacerdotes, devotos y fieles, comenzó a verse prosperar la Causa canónica; peculiarmente cuando el Episcopado mexicano se unió solidariamente a éste propósito siguiendo la excitativa y ejemplo del propio Primado monseñor Corripio Ahumada.

Quedó en manos de Mons. Salazar el introducir oficialmente en Roma dicha Causa y en menos de un año, estaban ya formalizados los expedientes para efectuar el documento final introductorio, llamado In sólidum.

Para monitorear la mencionada Causa, se nombró al mejor abogado consistorial de Roma, quien ha llevado el mayor record de santos en el último siglo, como lo era el Doctor Giulio Dante.

A partir de l979, en el decurso de 10 años, la mencionada Causa, ha tenido éxitos sorprendentes. Más no había sido sencillo, tras pasar por todos los difíciles momentos que devienen de una negociación de tanto cuidado, sin embargo se mostraba palpablemente que los favores  que Dios va ofreciendo al través de su Siervo, han venido resolviendo la posibilidad tan anhelada.

Indudablemente resultaría prolijo el señalar paso por paso, los progresos como dificultades de este santo propósito. Un libro es necesario para tal descripción. Más sería suficiente señalar que en manos del Centro de Estudios Guadalupanos, y en las diversas etapas de sus agremiados por más de 20 años, la Causa de Juan Diego, ha sido su obra esencial. Han participado en ella varios profesionales y conocedores laicos y religiosos, cuyos nombres merecen ser citados aparte en forma especial.

 (Ver enlistado de personas que han colaborado en la C. Canónica de J. Diego)

 

Cruza en los momentos actuales un periodo posiblemente recesivo, y estando a punto de lograrse la mencionada canonización, ha sido renovada la propuesta del CEG sin descanso, no obstante que por disposición de la S. Mitra ya se  trasladó esta difícil tarea a otro equipo de trabajo. En cualquier forma, todos esperamos que el propio Juan Diego haga su más sonado milagro, como  sería su propia canonización.

Como un paradigma de la más noble como lastimada porción de nuestra grey americana y de otras latitudes, como son los aborígenes del Planeta, tendrán en Juan Diego elevado a los altares, la señal de que en el reino de Dios no hay distingos de individuos, sean de las razas y pueblos que sean, por tarde que esto venga a demostrarse.

Ha sido tal el fervoroso contagio que movió mundialmente la introducción de la causa de Juan Diego, que en otros países, como Canadá y los EE. UU. se llevaron causas de otros indígenas, que por cierto ya llegaron a santos, mientras nuestro Juan Diego fuese solamente beatificado en el decreto dado por su SS Juan Pablo II en la propia basílica de N. Sra. De Guadalupe en mayo de 1990, durante su segunda visita a México.

                              

                                       5. Una nueva época para el CEG

 

Indudablemente las personas como las instituciones evolucionan ya sea alcanzando grados de perfección y aumento, muy variables. El CEG, ha logrado en sus 25 años de trabajos superar muchas de aquellas predicciones negativas que lo hacían sólo una “reunión de apologistas y beatas”. El CEG demostró en poco tiempo que era real la necesidad del instituto y era capaz de dar resultados. Sin embargo a lo largo de su eficaz vida no todo tenía que ser rígidamente académico. En efecto, en su apertura a una mayor participación secular, así como permitió la incorporación de verdaderos estudiosos, y diletantes serios, también arribaron aquellos que optan por las manifestaciones y derivaciones  sensacionalistas del misterioso portento de nuestra Madre del Tepeyac... El SEG se vio entonces colmado  por estudiosos y diletantes que más bien han tratado  desentrañar los misterios icnográficos de la milagrosa efigie del Tepeyac. Abundaron los estudios de oftalmólogos, pictógrafos, “astrólogos” y programadores analistas de escaneadores, como de fotografías sobre el ayate o reproducciones de la Sagrada Imagen. En esa misma línea se divulgaron productos de la observación de figuras en sus ojos, en su manto, en su veste etc.  Entre ellos no dejan de ser notables  los estudios de Charles Whalig, don Carlos Salinas, y últimamente el profrs. Aste Tonsman, y el Dr. Valdez, dedicados a investigaciones sensacionalistas para tratar de desentrañar estos hechos. En otro sentido, las fotografías estudiadas por el Lic. L. Franyutti, tratan de demostrar superposiciones en los diseños particulares y originales de la primitiva imagen. Otra rama un tanto socorrida ha sido el análisis sobre la iconografía de la vestimenta y del propio simulacro mariano, como es la imagen, magníficamente descrita por el P. Mario Rojas Sánchez, entre otros.

 

A partir de 1985, los estudios históricos del CEG fueron tomando líneas de investigación muy heterogénea y dispar en la propia calidad histórica. Citando sólo como notables: los estudios del ing. Isaac. Velásquez, que han tratado temas tópicos así como genealógicos de espacio y personas relacionadas con el Tepeyac... En la misma forma los estudios del cronista de la Villa de Guadalupe, Lic. Horacio Sentíes derivaron en una complicada y prolongada dirección genealógica juandieguista. Mientras que algunos otros estudios, como los del P. Guerrero, sin perder su cantera académica, se mantuvieron en la expresión del milagro y su historia, desde la perspectiva poética del mundo original que los generó. Han existido otros estudios similares, que no han alcanzado la perfección y divulgación que los anteriores.

Sin que pueda hablarse de una erosión recesiva, el CEG indudablemente recaló en sus últimos 12 o 15 años en un afán, más que científico, en esoterista y populista; camino reciente del que  existen resultados que han tenido cierta anuencia  más bien emocional, pero que  es impredecible todavía definir  sus alcances en verdadero beneficio de la historiografía tepeyacense.

En la tesitura diferente a los propósitos primeros del CEG, estos estudios vulgarizaron y llevaron a los best sellers, a los sets y a la TV, lo que otrora fuera una tarea de investigación y difusión histórica de corte académico. Desafortunadamente ello  propició que  pronto comenzaran a ausentarse los primeros historiadores e investigadores que le dieron origen a esa institución. Ya para antes de l990 por diversas causas no asistimos a las reuniones sus primeros miembros. En tal sentido, las ausencias han sido renovadas con miembros y estudiosos de las diversas orientaciones ya citadas.

Sin embargo debe reconocerse que conforman una etapa en alguna medida interesante debido a que produjo, sin duda, una curiosa inserción devocional de personas irreligiosas hacia Nuestra Señora de Guadalupe y Juan Diego  en un mundo tan veleidoso y complicado.

Una crónica pormenorizada de la Segunda y Tercera Época del CEG, sin duda será interesante, empero éste nos es por ahora nuestro propósito.

El resultado después de veinticinco años seguirá evaluándose con mejor tino, por aquellos que vean lo sucedido desde la distancia del tiempo, y acaso ajenos a la emoción de quienes ahora lo hacemos, en recuerdo de nuestro  Centro de Estudios Guadalupanos de ayer, de hoy, y de siempre.

           

                                                                           


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