Quien fue San Juan Diego

Coordinador.- Mons. Enrique R. Salazar

juan diego

PRÓLOGO.

 

 

Un servidor como todo el clero de mi época al salir del seminario sabíamos lo mismo que los laicos de ese tiempo: el 12 de Diciembre de 1531 la Virgen Santísima habló en el Tepeyac con uno de los naturales de ese tiempo y de ese lugar y le pidió se le construyera un templo para que en él darnos a Cristo y tenernos como hijos consentidos en su regazo y junto a su corazón. Había que predicar cada 12 de diciembre y buscábamos en que y con que ilustrarnos.

 

Cuando llegué a colaborar en la Basílica de Guadalupe (2 de abril de 1973) mi preocupación fue: tengo que predicar sobre le Acontecimiento Guadalupano; los Padres Capellanes me decían: “en la biblioteca hay mucho material”. Los señores canónigos no tenían tiempo para platicar conmigo sobre ese tema, era muy poco lo que yo podía progresar. En diciembre del 1973 el P. Lauro López Beltrán reunió a un grupo de amigos sacerdotes para platicar sobre el Acontecimiento Guadalupano, entre los invitados estuvo el Sr. Arcediano D. Gregorio Aguilar (q.e.p.d.), quien aceptó la idea pero insistió en que fuera algo que supliera la Academia Guadalupana (que había dejado de funcionar desde 1946 Aprox.) así nació el Centro de Estudios Guadalupanos, A.C., así pudimos comenzar a conocer y a dar a conocer las Mariofanías del Tepeyac.

 

Sobre Juan Diego han escrito excelentes plumas, con los datos que se tenían, para mostrarnos a un verdadero modelo de vida cristiana; de entonces a acá un grupo de escritores e investigadores han dado a conocer mejor al mensajero del Tepeyac y han hecho brotar una devoción y anhelo interior hacia Nuestra Madre Santísima de Guadalupe, teniendo como modelo a San Juan Diego: el evangelizador de nuestro ambiente, como dejó dicho S.S. Juan Pablo II: “Los mexicanos tienen en San Juan Diego un gran modelo, un gran intercesor”.

 

Espero que el presente trabajo ayude a los lectores a sentirse llamados a comportase como San Juan Diego, transformándolos en los nuevos evangelizadores.

 

INTROUCCIÓN

 

 

Lo siguiente es solo una pincelada para conocer el ambiente donde nació y se crió el hoy San Juan Diego.

 

Los antecesores de los mexicas o Tenochcas, que habían ocupado el anáhuac, creían, sin discusión que el Anáhuac era de Quetzalcóatl, rey mítico divinizado que instruyó en todas las artes a sus afortunados súbditos, creando así una era de oro –sin guerras ni sacrificios humanos- por la que todos seguían suspirando. Todo esto se acabó cuando Tezcatlipoca, identificado después con el dios tribal de los mexicas, Huitzlopochtli, comenzó a actuar; sin embargo, seguían esperando la futura era feliz. Los mexicas sostenían que Tonatiuh –el dios sol- era identificado como Huitzlopochtli y que ocupaba perentoriamente el lugar de Quetzalcóatl. El Tlalocan era quien, efectivamente gobernaba a todos en nombre de Quetzalcóatl: era, por así decir, el secretario de relaciones exteriores, el Hueytlatoani, o sea el jefe de los que hablan; era, en realidad, el principal, pues de él dependía la guerra o la paz. La guerra era algo sagrado para ellos, pues, les servía para obtener víctimas para los sacrificios a sus dioses, es decir, para lograr la “joya Líquida”, la “agua preciosa”, la “sangre divina” con que mantener a sus dioses.

 

La dignidad de la mujer, dice Motolinia, estaba por los suelos debido a la indiscutible poligamia, autorizada por las leyes y, aun peor, por el ejemplo de los caciques.

 

 

Los diversos acontecimientos que precedieron a la llagada de los blancos, como la aurora boreal de 1509, el cometa de 1510, etc., prepararon el ánimo de Moctezuma y de sus contemporáneos para recibir a Quetzalcóatl. Este pueblo recibió a los blancos como hijos indios de Quetzalcóatl. Cortés –quien afirmaba que algunos indios eran sumamente religiosos- decía en una carta a Emperador Carlos V, fechada el 15 de octubre de 1524: “In agílibus tiene muy buena manera de entendimiento”. El contador Albornoz, en carta también dirigida al Emperador, le dice: “Son gente de razón y vivos de ingenio...”. Motolinía dice en el Tratado III, cap. XXIII: “El que enseña al hombre de ciencia, el mismo proveyó y dio a estos naturales grande ingenio y habilidad para aprender todas las ciencias, artes y oficios que les han enseñado, porque en todo han salido en tan breve tiempo, que en viendo los oficios que en Castilla dilatan muchos años en aprender, acá sólo con mirarlos y verlos hacer, han quedado muchos maestros”. Y Sahagún dice: “Había entre ellos sujetos muy capaces para las letras y la teología”.

 

Bernal Díaz del Castillo, en el Tomo V, cap. XXXVI, narra que para recibir a los blancos: “...le dijo Cortés al fraile: bien agora, padre, que hay buena manera para ello, que les demos a entender con nuestras lenguas las cosas tocantes a nuestra fe; y entonces se les hizo un tan buen razonamiento para el tiempo, que unos buenos teólogos, no lo dirán mejor”.

 

Y sigue Bernal Díaz del Castillo narrando que Cortés declaró: “que una de las cosas por que nos envió a estas partes nuestros gran emperador, fue para quitar que sacrifiques ningún indio, ni otra manera de sacrificios malos que hacen, ni se robasen unos a otros, ni adorasen aquellas malditas figuras...”, “... y pongan una imagen de nuestra Señora que allí dejo, con su hijo precioso en brazos...”, y en Cempoala, Cortés “les volvió a hacer un razonamiento con las lenguas de Marina y Jerónimo de Aguilar y terminó haciendo un altar con buenas mantas y mandó traer muchas rosas de las naturales que había en la tierra, que eran muy olorosas y muchos ramos y puso la imagen de Nuestra Señora recomendando que tuviesen cargo de ello...”.

 

He aquí lo que Don Hernando Cortés proclamó en sus ordenanzas en 1524 y 1525: “Exhorto y ruego a todos los españoles que en mi compañía fueren a esta guerra que al presente vamos y a todas las otras guerras y conquistas que en nombre de S.M. por mi mando hubieren de ir, que su principal motivo e intención sea apartar y desarraigar de las dichas idolatrías a todos los naturales de estas tierras y reducirlos, o al menos, desear su salvación...”. Ordenanza de Cortés, Col. Icazbalceta, T. I., p. 446.

 

Estos y los siguientes acontecimientos de la llamada Conquista hicieron que los macehuales y otros de los naturales, gente muy religiosa para asimilar lo bueno o lo malo, vieran frustrados sus anhelos de una época nueva, y el ver destruidos sus ídolos – dioses-, el ver a sus sacerdotes, que habían sido los que los habían guiado en su vida familiar, política y religiosas, tratados como embusteros, les infundía un fanatismo exagerado por sus creencias que les hacía pelear hasta morir por defender sus posesiones –tierras, mujeres, tesoros, etc.-.

 

Con la desconfianza propia de los naturales de estas tierras irían acercándose a los blancos menos hostiles a espiar el culto que rendían al Dios por quien se vive, indagarían lo que llamaban Santa María, y, cuando en 1523 llegaron fray Pedro de Gante y sus dos compañeros, tuvieron oportunidad de conocer la nueva religión un poco mejor.

 

Más tarde, a la llegada de Los Doce Franciscanos, en 1524, nuestros naturales tuvieron la dicha de poder comprobar que ya conocían algo de nuestra religión, y de hacer amistad con los frailes y, a juicio de ellos, recibir el Santo Bautismo.

 

Motolinía nos dice: “...Con esto fue menester darles también, a entender quién era Santa María, porque hasta entonces solamente nombraban María o Santa María, diciendo este nombre, pensaban que nombraban a Dios, a todas las imágenes que veían llamaban Santa María. Ya eso declarado y la inmortalidad del alma, dábaseles a entender quién era el demonio en quien ellos creían...”. 

 

Y el mismo Motolinía añade: “anduvieron los mexicanos cinco años muy fríos, o por el embarazo de los españoles y obras de construcción, o porque los viejos de los mexicanos tenían poco calor.  Después de pasados cinco años, despertaron muchos de ellos e hicieron iglesias y ahora frecuentan muchos las misas cada día y reciben los sacramentos devotamente”.  Finalmente dice: “El pueblo al que primeramente salieron los frailes a enseñar fue Cuautitlán, cuatro leguas de México...”. La historia real es que eran atraídos los unos por el ejemplo de los otros; algunos ocasionalmente, otros por la comparación entre la religión antigua y la cristiana.  Fray Juan de Zumárraga a este respecto añade: “Los indios son gente que viene bien a nuestra fe.  Confiésanse mucho bien, así que no tienen necesidad de preguntas”. Carta a su Majestad Carlos V, México, 27 de marzo de 1531.

 

         La noticia de que Juan Diego tenía un tío, de nombre Juan Bernardino, queda señalada poco después de la narración de la Tercera Aparición por el vocablo itlali o itla, y así se termina de descubrir que este tío de Juan Diego era hermano de su padre, ya que ésta es otra denominación de la ascendencia por rama paterna.

 

         Ciertamente Juan Diego tuvo otros familiares. En las Informaciones Jurídicas del siglo XVII, instruidas con el fin de conocer detalles jurídicos sobre la tradición del Milagro, uno de los 20 testigos que se presentaron, de nombre Marcos Pacheco, que se dijo mestizo de más de 80 años, declaró: “haber oído decir varias veces a su tía Doña María Pacheco, hermana de su padre, exhortando a él y a otros 2 hermanos suyos a la virtud: Dios os haga como Juan Diego, indio natural de este pueblo de donde somos nosotros, a quien conocí y traté familiarmente y así mismo a María Lucía, su mujer, y a Juan Bernardino, su tío, como parientes de la madre de mi marido...”.

 

En un documento exhibido por Boturini en su Museo Indiano se señala que:  “...una parienta de Juan Diego dejaba como legado a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe unas tierras”, lo que, además, supone un buen recuerdo de Juan Diego entre sus parientes.

 

 

PRIMERA PARTE

I. ¿QUIÉN FUE JUAN DIEGO?

 

 

         Expuesto lo anterior, ahora trataremos de conocer a Juan Diego y así poder agradecer a nuestra amorosa Madre Santa María de Guadalupe el que lo haya escogido como su Mensajero; viendo que era un hombre casado, buen ciudadano y excelente cristiano que en todo momento se esforzó por conocer la nueva religión que trajeron los españoles y de esta manera tratar de cumplir con lo que Dios nuestro Señor quiere del ser humano, y que practicó las virtudes con sacrificios que le hicieron crecer en su dignidad como humano y como cristiano.

 

         Por ello busquemos su intercesión ante el Todopoderoso e imitémoslo.

 

No fue un simple macehual, como siempre se ha considerado por las palabras del mismo Juan Diego en los diálogos con la Virgen en el Tepeyac, sin embargo, ahora aclaramos que su expresión, en ese momento, fue fruto de su humildad heroica, porque se sentía feliz: “¿Acaso estoy en el lugar que dejaron dicho nuestros antepasados?”, y él mismo dijo que se sentía, “entre las flores y los preciosos cantos celestiales”, en el verdadero cielo que había aprendido de labios de los frailes en las explicaciones del catecismo de la nueva religión, la que había abrazado libremente y con gran fervor y con grandes sacrificios: “...dos veces por semana asistía en Tlatelolco a la Santa Misa y al Catecismo”.

 

II. BAUTIZO DE JUAN DIEGO

 

         Hay que demostrar históricamente que Juan Diego recibió realmente el Santo Bautismo.  Es cuestión fundamental, porque si no constara en modo alguno de su Bautizo, no hubiera prosperado su Causa de Canonización.  No ha faltado por allí quien dijera: “¡No existe la boleta de bautismo de Juan Diego!”. Esta buena persona creyó, indudablemente, haber clavado una pica en Flandes cuando en realidad esto no significa nada.  Una cosa es la boleta de bautizo de una persona, o sea la copia oficial del documento respectivo existente en el libro de bautizos de una Parroquia, y otra es la certeza de que la dicha persona recibió el sacramento del bautismo.  Para su canonización no se necesita precisamente el documento escrito, sino la constancia moralmente cierta de la existencia del bautismo.

        

         Ahora bien, nosotros podemos probar sobradamente, hasta llegar a la plena certeza moral, que nuestro hermano Juan Diego recibió el Sacramento de Regeneración.  Don Luis Becerra Tanco, eminente historiador y hombre probo a todas luces, dice así en su Felicidad de México, capítulo “Testificación”:

 

         “Falleció [Juan Diego] de edad de 74 años, por el de 1548; con que es visto haber nacido por el de 1474, y habiendo sido bautizado cuando vinieron a este Reino los primeros religiosos del Señor San Francisco, de cuya feligresía era, que fue el año de 1524...”.

 

         Insistir en que fue hijo de Nezahualpilli no quiere decir que haya sido un privilegiado en lo económico; sus contemporáneos le llamaban el peregrino porque con frecuencia iba a Tlaltelolco, quizá por su negocio de artesano, o de tejedor de tule, o, después de la llegada de los blancos a estas tierras, por el deseo de conocer la nueva religión; pero iba y venía por ese camino cuando conoció la religión de los hispanos y al regresar a su tierra se detenía sólo para reflexionar lo que había aprendido y cómo se lo iba a explicar a sus familiares y vecinos: por eso le decían sus contemporáneos el solitario.  Era el evangelizador de su ambiente.  Para muestra basta un botón: cuando oyó del fraile Motolinía decir que a Dios le agradaba la virtud de la castidad y en qué consistía, de inmediato fue a su hogar a explicarle a su esposa lo que había aprendido, y ya conscientes de lo que a Dios le agradaba, hicieron voto de Continencia.

 

         A Malintzin, según las costumbres de su tiempo, la tomó por esposa y con ella, siendo ya cristianos, recibió el sacramento del matrimonio en Santa Cruz El Alto, que pertenecía a Cuautitlán de Santa Clara.         

 

         Juan Diego, como ya apuntamos arriba, por su trabajo de artesano o de tejedor de tule y por sus anhelos de conocer más de la nueva religión, se convirtió en evangelizador.  Ixtlixóchitl, en el Nican Motecpana, afirma lo anterior.  En el siglo XVIII, Boturini, en una de sus obras, dice, al enterarse en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México de que una quinta nieta del venturoso Juan Diego tomaba el hábito de la monjas Caciques, que “Juan Diego y Malintzin habían sido vírgenes, desde que escuchó él a Motolinía ensalzando la grandeza de la virginidad”. Por su parte, el Padre Francisco de Florencia, en su Estrella del Norte de México, en este punto es cauto y dice que Juan Diego tenía un hijo de nombre Juan, que era legítimo o por tal se le tenía al que le regaló una imagencita trasunta del original... Esta imagen actualmente la tiene en su escritorio del Vaticano Su Santidad Juan Pablo II. Con certeza sabemos que Juan Diego y Lucía hicieron voto de continencia después de recibir el sacramento del bautismo.

 

III. LA FE DE JUAN DIEGO

 

         Para seguir conociendo a Juan Diego examinaremos sus virtudes.

 

         Siendo la Fe base y fundamento de todo el edificio de la justificación y aun de la perfección cristiana, necesario es que averigüemos hasta dónde llegó la de Juan Diego; puesto que la Fe es el fundamento sobre el cual se edifica nuestra esperanza y nuestra caridad, se define como un asentimiento a las verdades reveladas por Dios, apoyado únicamente en la palabra de El mismo que las revela:

 

“Una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por El ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos.”  (Definición del Concilio Vaticano I.)

 

         Una de las condiciones indispensables para que una obra humana sea meritoria es precisamente la Fe.  La escarpada senda de la perfección no puede recorrerse sin el auxilio de lo alto y la luz de la Fe, la primera de las virtudes teologales: algo fundamental y absolutamente necesario para la Vida Eterna y para la perfección cristiana.

         En los años que siguieron a su conversión, Juan Diego fue diligentísimo en instruirse en las verdades de nuestra santa religión.  Todos los sábados viajaba de Tulpetlac a Tlaltelolco, precisamente para asistir a la Misa de Nuestra Señora y también a la doctrina cristiana que en ese día y en los de fiesta se enseñaba a los neófitos. Dos leguas (aproximadamente diez kilómetros) es distancia suficiente para rendir a cualquier persona de mediana salud. La distancia entre ambos pueblos era de dos leguas, por lo que estamos hablando de unas cuatro leguas en total.

 

         Consecuencia de la Fe es la obediencia.  Según Santo Tomás de Aquino, la obediencia es una virtud moral que hace pronta la voluntad para ejecutar los preceptos del superior (IIa. –IIae, 104, 2 ad 3).

 

         La obediencia está tan íntimamente unida con la Fe que casi se confunden con el imperio de la voluntad que, mediante el auxilio de la gracia, mueve eficazmente el entendimiento a adherirse firmemente a las verdades reveladas; o, más bien, pudiéramos decir que la obediencia es la confirmación por medio de las obras de aquel asentimiento a la revelación en el que consiste la esencia de la Fe. Una vez, Jesucristo subió a la barquilla de Pedro en el lago de Genesareth,  cuando ya iban mar adentro les mandó arrojar las redes, entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: “Maestro, hemos andado trabajando toda la noche y nada hemos logrado; sin embargo, en tu palabra lanzaré la red”.

 

         Muy semejante a la fe de Pedro fue la de Juan Diego al subir, por orden de la Virgen, a recoger flores en la cumbre del cerrillo, en donde le constaba no haber flores de ninguna especie.  ¿No es acaso fe sobrenatural y obediencia prestar un asentimiento tan pronto y perfecto a la palabra de Dios cuando la razón natural no percibe sino lo contrario?

 

IV. LA ESPERANZA DE JUAN DIEGO

 

         La virtud de la esperanza es un hábito teologal, infundido por Dios en la voluntad, por el que el hombre confía plenamente en poseer a Dios en la vida futura. Para entender bien la índole de esta virtud en el proceso de la justificación humana, bueno será citar aquí las palabras del Concilio de Trento en su sesión 6ª cap. 6:

 

“Se disponen los hombres a la justificación cuando excitados y ayudados por la Divina Gracia, se mueven libremente hacia Dios creyendo ser verdaderas las cosas que han sido divinamente reveladas y prometidas y, en primer lugar, que el impío es justificado por Dios, por medio de la gracia, por la Redención de Jesucristo, y cuando, reconociéndose pecadores, se levantan del temor de la divina justicia por el que son convenientemente sacudidos, a la consideración de la misericordia de Dios y la esperanza misma, confiando en que el Señor, por los méritos de Jesucristo, les será propicio”.

 

         Son muchas las tribulaciones de los justos en este mundo, dice el profeta David, innumerables las tentaciones que los cercan, incontables los peligros de pecar, terribles los enemigos del alma que los acometen casi a cada momento.  Añadamos a todo esto las calamidades de orden material: guerra, pestes, hambres, miseria, tedio de la vida y otras muchas cosas que son el patrimonio de los mortales desde la culpa original.  Pues bien, en medio de estos peligros, tentaciones y males de la vida terrenal, los justos ponen su confianza en el Señor: a Él claman, en Él descansan y Él les da su apoyo y fortaleza en las vicisitudes de la vida.

 

         Un rasgo heroico de la esperanza de nuestro Juan Diego lo descubrimos en la segunda de las Apariciones.  Después de hablar con el Obispo de México exponiéndole el mandato de la Virgen, vuelve desilusionado y cabizbajo pensando que había fracasado en su empresa:

 

“Tu ruego encarecidamente, Señora y Niña Mía, que a alguno de los principales conocidos, de respeto y estima, le encargues que lleve tu Mensaje, para que le crean, porque yo soy un hombrecillo, un cordel, una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña Mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro”.

 

         Es decir: yo soy un hombre incapaz para cumplir tus órdenes.  Siento esta incapacidad mía y lo difícil de la empresa. Aquí tenemos un alma que parece desfallecer en el camino hacia la eternidad; que confiesa que no se encuentra con fuerzas propias para cumplir un mandato divino.

 

         Veamos ahora cómo esta alma reacciona contra las dificultades y supera el sentimiento de incapacidad.

 

“Oye, hijo mío, el más pequeño de mis hijos; ten entendido que valen mucho mis servidores y mensajeros a quienes puedo encargar que lleven mi Mensaje y hagan mi voluntad, pero es del todo preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.  Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño y con rigor te mando que otra vez vayas mañana a ver al Obispo.  Dile en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido.  Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envío”.

 

         Juan Diego, ante estas palabras de la Señora, no sólo se resuelve a cumplir su mandato, sino que lo hace con toda diligencia y gusto, a pesar del sentimiento de frustración que le dejara la primera visita a la casa del Prelado.

 

         Para apreciar debidamente el heroísmo que implica la tal resolución, hay que considerar: por una parte, las dificultades que todavía persisten.  Se trata de un hombre que apenas puede expresarse por el incipiente conocimiento del idioma castellano; por otro lado, se trata de un negocio de suma importancia, de un mandato nada menos que de la Madre de Dios. Y a pesar de todo, tenía que cumplir una orden y volver a la casa del Prelado. Para nosotros, Juan Diego se sobrepuso a sí mismo depositando toda su esperanza en la Madre del Señor.

 

Luego sentía indudablemente el cansancio, la debilidad, la humillación y todo lo que dificulta la vida cristiana. Juan Diego perseveró hasta el fin del servicio que le fue encomendado: tan es así, que consta también históricamente que era presentado como modelo de piedad a sus contemporáneos.  Soportó todos esos sacrificios y humillaciones apoyado en el auxilio del Señor, que a diario invocaba por intercesión de su Madre Santísima.

 

V. CARIDAD DE JUAN DIEGO

 

          Hemos llegado a la más excelente entre las virtudes teologales: la caridad, que es como la forma de todas las virtudes, la que impera sobre todas y las ordena a su fin.  Es la caridad la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios por Sí mismo y a las criaturas capaces de bienaventuranza por Dios.

 

         Aunque el Señor no nos hubiera elevado al orden sobrenatural y divino, sino dejado simplemente en el estado de pura naturaleza, estaríamos siempre obligados a amarlo, y sobre todas las cosas, aun sobre nosotros mismos, porque El es el bien supremo per se objeto del amor, y por lo tanto nuestro propio bien, puesto que El es la fuente suprema de todo bien.  Pero, siendo que no sólo nos ha creado sino que nos ha elevado al orden sobrenatural y divino, es decir, al consorcio de su propia naturaleza y a la participación de la misma gloria por la que es eternamente bienaventurado, surge el fundamento de un amor más excelente y noble y que merece un nombre especial: Caridad, que es el amor de benevolencia y de amistad.  Toda amistad supone una comunicación de bienes entre los amigos.

 

         Pero ya es tiempo de venir a considerar cómo operó esta virtud en nuestro venturoso hermano Juan Diego: no porque no haya realizado resonantes obras de caridad debemos juzgar que no haya dado la medida de la santidad en esta virtud, que es la reina de todas las virtudes y la medida misma de la perfecta justificación.

 

         Pero, ante todo, estudiemos su amor a Dios.  Este amor, como todos los amores, se manifiesta y se juzga por las obras.

 

         Juan Diego, desde su conversión, pero principalmente desde las Apariciones, estuvo dominado por el pensamiento de Dios y de su santo servicio.  Si devora largas distancias cada semana, es para ir a escuchar la Doctrina Cristiana de labios de los Misioneros de Dios.  Si a pesar de ser rechazado –como era natural que ocurriera- va muchas veces al palacio del Obispo, es para cumplir el mandato de la Señora; si esperó largo rato la audiencia del Obispo, si forcejeó con los criados de éste, que querían a toda costa enterarse del misterio contenido en el ayate, si tuvo que arrostrar innumerables molestias y humillaciones hasta llegar a la presencia del Obispo, fue por cumplir la orden que había recibido del Cielo.

 

         A este respecto convendría tomar en cuenta las deposiciones de algunos testigos de las Informaciones de 1666, pues para los que no quieren tergiversar la historia ni adulterarla de modo alguno, es históricamente cierto que Juan Diego vivió largos años –alrededor de 17- entregado completamente al servicio de la Señora del Cielo, ocupado siempre en oraciones, trabajos y penitencias.  Todo esto -¡nótese bien!- por mandato de la propia Señora, esto es, de la Santísima Virgen María.  Cuando el tío Juan Bernardino quiere ir a vivir a la ermita con Juan Diego, él le dice: “No, la Señora del Cielo quiere que yo esté aquí y que tú cuides las cosas y tierras que nos dejaron nuestros antepasados”.  Luego Juan Diego cumplió la voluntad divina abandonando todas las cosas de este mundo y dedicándose completamente al servicio del Señor.

 

         Tenemos que convenir en que, al realizar el desprendimiento total de sí mismo y de todas sus cosas en aras de la divina voluntad, nuestro venturoso hermano tocó los límites del más encendido, del más noble, del más heroico amor a su Dios.  Si el Apóstol San Pedro sentíase ufano –y con razón- de haber abandonado todas las cosas por seguir a su Maestro, y decíale: “Bien ves que nosotros hemos abandonado todas las cosas y te hemos seguido.  ¿Cuál será, pues, nuestra recompensa?, nosotros, los hermanos de Juan Diego, hablamos por él, que ya no puede hablar, y le preguntamos al Vicario de Jesucristo aquí en la tierra: “¿Cuál será el premio a Juan Diego, que también abandonó todo por seguir a su Maestro...?”.

 

         El otro aspecto de la Caridad es el que se refiere al amor al prójimo.  Debemos, en efecto, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, por ser voluntad de Dios; de este modo el motivo formal del amor es siempre el mismo en los dos aspectos de la caridad cristiana: yendo cada ocho días a escuchar y aprender lo que enseñan los ministros del Señor y luego mediar cómo explicarles a sus familiares y vecinos lo aprendido.  De allí que le dijeran Peregrino o Solitario.

 

         El día 10 de diciembre en la tarde al llegar a su hogar  encuentra a su tío gravísimo, para Juan Diego era su padre y por él esta dispuesta a dar su vida, de inmediato lucha con los medios conocidos por ellos para que su tío se recupere y pasa la noche y el día 11 en busca de medicina y de consuelo para su tío. No olvida a la Señora del Cielo con quien tendría que estar a su servicio para entregar la prueba al Señor Obispo, sin embargo por su tío, no regresa al Tepeyac y en la noche del día 10 su tío moribundo le pide vaya a la Ciudad  en busque de quien lo auxilie para el último momento en este mundo, Juan Diego se decide y en las altas horas de la noche emprende el viaje a la ciudad, habiendo consultado primero con su conciencia y las enseñanzas recibidas de los frailes, representantes del Dios verdadero. En su regreso del llegar al lugar donde de ordinario bajaba para atravesar la laguna recuerda que se va a encontrar con la señora del Cielo, reflexiona y piensa: Ella me puede disculpara y toma el camino contrario, con el corazón despedazado, para no encontrarse con la Señora del Cielo. Dios premia su caridad cristiana y realiza el prodigio de  encontrarse con la Señora del Cielo quién anima a Juan Diego y él confiado en Ella cumple su voluntad  y en premio de la caridad cristiana se realiza el prodigio del día 12 de diciembre: la estampación de la imagen en su ayate, la aceptación del obispo y la prueba que da la Virgen por la caridad cristiana de Juan Diego.

 

 

SEGUNDA PARTE

VIRTUDES MORALES DE JUAN DIEGO

 

 

I. Humildad de Juan Diego

 

         Es la humildad una virtud moral que pertenece potencialmente a la templanza, y por la que el hombre tiende constantemente a cohibir o a moderar el desordenado apetito de  la propia excelencia.  Es verdaderamente humilde el hombre que se considera y estima en lo que realmente vale.  Pero como nuestra naturaleza ha quedado tan mal inclinada desde la culpa original y la domina el apetito de la propia alabanza, es menester doblegar nuestro orgullo casi hasta los extremos, APRA que venga a quedar el hombre en el justo medio de la razón iluminada por la Fe. En este justo medio, es decir, en esta recta estima de nosotros mismos consiste la humildad.

 

         Esta virtud, dicen los maestros de la vida espiritual, es el fundamento de todo el edificio de la perfección y de la vida cristiana.  Un alma debe tanto más cavar en la tierra de la humildad cuanto más quiere ascender hacia el cielo de la perfección.  Y como esta fábrica no puede levantarse por el solo esfuerzo humano sin el auxilio de la gracia, y ésta no se da sino a los humildes, se deduce de que aquí que la humildad es una virtud básica del orden moral.  Por eso le hemos dado preferencia, entre las virtudes morales.

 

         Tres son los grados de esta virtud por los que se llega a la cumbre de la perfección y aun de la santidad misma.  El primero consiste en tener un bajo concepto de nosotros mismos, ora fundándonos en la memoria de nuestro pecado, ora en nuestra flaqueza espiritual, ora también en nuestra miseria corporal.

         No es de poca estima tener un bajo concepto de sí mismo, siempre que sea sincero, siempre que sea práctico y descienda a la obra y no meramente especulativo.  De la sinceridad de un alma que se desprecia a sí misma sólo.  Dios puede juzgar con certeza porque sólo El mira el corazón.  Pero podemos también nosotros juzgar más o menos acertadamente sobre este primer grado de humildad.

 

         El segundo grado de humildad consiste en desear uno sinceramente ser tenido en poco por los demás.  Este segundo grado es también difícil de conocerse con toda certeza, pero podemos llegar a cierta certidumbre moral estudiando a la persona y su proceder.

 

         El tercer grado de humildad consiste en que, a pesar de haber recibido de Dios grandes dones y aun privilegios extraordinarios, el alma lo atribuye todo a Dios, que es la fuente de todo bien, permaneciendo así el hombre hundido en el abismo de su nada.

 

         Esta ha sido la humildad de todos los santos, quienes, habiendo recibido de Dios tantos dones de naturaleza y gracia, sin embargo anduvieron siempre pisando sobre la tierra firme de su humildad, y no consideraban aquellos dones como propios ni se engreían en ellos, y a Dios atribuían el honor y alabanza que recibieran de los hombres.

 

         Estudiemos, a la luz de la historia, la humildad de Juan Diego.

 

         Ante todo, tenía un concepto bajísimo de sí mismo.  En efecto: cuando la Santísima Virgen se le apareció por segunda vez, le dijo que él no era digno de aquella embajada, ni el indicado para realizarla:

 

“Porque yo soy -le decía- un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no me paro”.

 

         Palabras que indican claramente la bajísima estimación que Juan Diego tenía de sí mismo.

 

         Y ¿quién podrá dudar de su sinceridad? Entenderemos que el más exigente crítico pudiera poner en tela de juicio que este hombre hubiera expresado lo que no sentía.  Sin embargo, en toda la historia de las Apariciones se le ve siempre sincero, constante, sencillo y consecuente consigo mismo.

 

         En estas mismas palabras encontramos la práctica del segundo grado de humildad, que es el empeño en que otros lo tengan a uno por cosa pequeña y digna de desprecio.  No bastó a Juan Diego un vocablo solo para expresar su bajeza, sino que empleó todos los que ya transcribimos

 

         Bien se nota que quería convencer a la Madre de Dios de que no era digno de aquella embajada, ni el más a propósito para cumplir su voluntad ni para fungir como su delegado.  Fue necesario el mandato de la Virgen para que se resolviera a volver de nuevo a casa del Prelado.  Las palabras de María Santísima revelan no sólo la insistencia, sino una voluntad resuelta de que Juan Diego aceptara el cargo.  ¿Por qué tanta insistencia? ¿Por qué bien sabía la Madre de Dios que en el corazón de Juan Diego el único obstáculo para cumplir sus órdenes era el bajísimo concepto que él tenía de sí mismo.  Sin embargo, la humildad debe obedecer, aun tratándose de la aceptación de las más encumbradas dignidades.

 

         Por aquí podemos también conocer el último y perfectísimo grado de la humildad de Juan Diego, pues una vez que escuchó la orden terminante de la Madre de Dios de volver a presentarse al Obispo, Juan Diego respondió: “acepto de buen grado la orden que me has dado, pues ésta es tu voluntad santísima”.  De ese modo, implícitamente refería a Dios el éxito que lograría alcanzar, y al poder de la Señora del Cielo el que el Obispo diera crédito a sus palabras.  Si no nos engañamos, aquí está el grado más alto de la virtud de la humildad.

 

         ¡Cuánta gloria y cuánta admiración hubiera conquistado! ¡Cómo se habría atraído las miradas de aquella raza, hasta entonces despreciada y humillada por sus feroces caciques, si Juan Diego se hubiera preocupado por atraer la admiración de sus paisanos!

 

         Pero ¡cuán distintos son los juicios de Dios de los juicios de los hombres! ¡cuán distintos son los caminos de la gracia de los de la naturaleza! Juan Diego debía humillarse, empequeñecerse, a semejanza del Precursor, para que así resplandeciera más la gloria de la Madre de Dios que venía a estas tierras a ganarnos para su Hijo y establecer aquí el imperio de su amor.  Por eso Juan Diego, siguiendo las inspiraciones de la Gracia, va y se encierra en un humilde aposentillo junto a la ermita, y allí, lejos de las miradas de los hombres y del bullicio mundanal, lejos de los propios parientes y aun de su tierra natal, el mismo que fuera testigo irrecusable del milagro enseña a los mexicanos la verdadera senda de la virtud.

 

         Juan Diego no hace otra cosa en aquel lugar que trabajar, mortificarse y elevarse a Dios por medio de la oración.  Estas no son simples leyendas sino narración de hechos que nadie puede negar.

 

         Sube de punto la virtud de Juan Diego si consideramos que él abrazó este tenor de vida, de recogimiento y de oración por mandato de la propia Madre de Dios.

 

 

II. MORTIFICACIÓN DE JUAN DIEGO

 

 

         Es la mortificación una virtud moral en que participan, parte a la templanza y parte a la prudencia, y por la cual el hombre, castigando la inclinación innata y afición desordenada a las cosas de este mundo, y aun su mismo cuerpo y sensibilidad, endereza más eficazmente sus pasos hacia su último fin.  Aunque la santidad propia y formal consiste en la unión con Dios por medio de la caridad, sin embargo, esta unión no puede realizarse sin la mortificación cristiana, porque el hombre viene a este mundo manchado con la culpa original y por los concomitantes desórdenes de su naturaleza herida.  Y aunque por medio del santo bautismo se borra aquella mancha y se le dan gracias necesarias para vivir bien, sin embargo queda la mala inclinación al pecado, o sea, la malicia de la voluntad.

 

         Veamos ahora cómo practicó perfectamente el primer grado de la mortificación, que consiste en considerarse en este mundo como un verdadero peregrino que se dirige a la Patria del Cielo.  Tanto así que sus contemporáneos, según refiere el Padre De Florencia –en declaración del segundo testigo en las Informaciones de 1666-, lo llamaban “El Peregrino” por antonomasia.  Realmente Juan Diego, desde que recibió el Santo Bautismo, y principalmente desde las Apariciones, no buscaba otra cosa que a Dios.  Ya hemos dicho que asistía con toda oportunidad a la doctrina y a la Santa Misa en Tlaltelolco, a pesar de la gran distancia que hay entre este pueblo y su tierra.  Ya hemos visto también que abandonó todas las cosas para dedicarse enteramente al servicio de la Virgen Nuestra Señora.

 

         Esto mismo nos da suficiente fundamento para probar que practicó el segundo grado de esta virtud.  Es decir, Juan Diego, desde su conversión al cristianismo, estuvo muerto para este mundo y todas sus vanidades.  Sería difícil –aunque no imposible- demostrar que un hombre que vive en medio del mundo y usando de las cosas que hay en él, esté tan desprendido de todo lo mundano que verdaderamente haya pasado por aquella muerte mística en que consiste este segundo grado.  Pero se trata de un hombre sencillo, tan ingenuo, tan sincero como Juan Diego, que deja todas sus cosas, como son tierras, parientes, amigos, para ir a consagrarse en un todo al servicio de la Madre de Dios año tras año.  Y Juan Diego no se limitó a ser peregrino y a morir al mundo, sino que quiso, además, crucificarse en vida para morir en la Cruz con Él. Juan Diego mortificaba su cuerpo de mil maneras por medio del trabajo y de los quehaceres humildes que asumía en la ermita.  En efecto, la barría, la aseaba, estaba pendiente de lo que se le ofrecía al capellán para hacerlo todo con prontitud y buena gana.  El tiempo que le quedaba lo ocupaba en la oración y maceraba su carne de muchas maneras.  Vivió ejercitándose en obras de mortificación, ayunos y disciplinas.

 

 

III. POBREZA DE JUAN DIEGO

 

 

         Es la pobreza una virtud moral por la que el hombre se desprende, a lo menos con el afecto, de todos los bienes del mundo, de tal manera que a ninguna cosa terrena tenga afición desordenada.

 

         Lo esencial en la pobreza, y al mismo tiempo el primer grado de esa virtud, consiste en el desprendimiento de los bienes de este mundo.  Es no solamente desprenderse con el afecto y el corazón de los bienes terrenales, sino, de hecho y de verdad, abandonarlos por amor a Jesucristo.  Es muy conocido aquel pasaje evangélico: “¿Qué cosa haré para alcanzar la vida eterna? Si quieres venir en pos de Mí, vende lo que tienes...”.

 

         Nuestro Juan Diego no sólo practicó el primer grado sino también el segundo, como consta históricamente.  Luego entonces llegó también a la más alta perfección en esta noble virtud.  Llegó hasta el heroísmo porque dio todo lo que tenía.  Por casi 17 años vivió sirviendo en la ermita dejando a su tío Juan Bernardino casas, terrenos y propiedades mubles.

 

 

IV. CASTIDAD DE JUAN DIEGO

 

 

         La castidad es la virtud moral por la que el hombre modera o excluye el apetito de la delectación sexual, según su estado y condición: lo ordena y modera en los casados y lo excluye en los célibes.

 

         Tres clases de castidad distinguen los teólogos: la juvenil, que es la abstención de toda delectación carnal hasta el matrimonio; la conyugal, que modera el apetito carnal de los cónyuges y excluye todo lo que es ilícito en el uso del matrimonio y, finalmente, la castidad viudal, que aparta al hombre de todo deleite carnal después de disuelto el matrimonio por la muerte del cónyuge.

 

         Consideradas la naturaleza humana tal cual ha quedado después de la culpa de origen y aquella profunda e innata inclinación a las cosas de la carne, es ciertamente –y así lo reconocen los teólogos- algo heroico el que el hombre se conserve casto en la soltería.  Es igualmente heroico el que guarde castidad dentro del matrimonio; y aun pudiéramos decir que es más difícil todavía en lo segundo que en lo primero, precisamente porque el que ha probado una vez el uso del matrimonio, se ve más terriblemente inclinado a las delectaciones carnales.  Es tan difícil que el hombre se conserve casto, que Cristo mismo dijo que esta virtud se alcanza por especial privilegio de Dios.

 

         Ahora bien: consta históricamente que Juan Diego, aunque casado con María Lucía, conservó perfecta castidad.  He aquí lo que dice la tradición relatada por el Documento Centro de las Apariciones, traducido por Don Primo Feliciano Velásquez:

 

“era viudo: dos años antes de que se apareciera la Inmaculada murió su mujer, que se llamaba María Lucía.  Antes vivieron castamente”.

 

         Por otra parte el gran historiador Luis Becerra Tanco, egregio indigenista, nahuatlato y de una probidad irrecusable asienta lo siguiente en su libro Felicidad de México:

 

“Afirmo ahora, como testigo -dice en el capítulo Testificación- lo que oí a personas dignas de entera fe y crédito, muy conocidas en esta ciudad, de insigne ancianidad, que entendían y hablaban con elegancia y perfección la lengua mexicana, las cuales, hablando seriamente, referían la tradición como queda escrita, certificando haberla oído a los que conocieron a los naturales a quienes se apareció la Virgen Santísima, y al Ilustrísimo Señor Don Fray Juan de Zumárraga, y otros hombres provectos y ancianos de aquel siglo”.

 

                   Y poco después añade:

 

“Por otras Memorias más modernas de los naturales, consta que el indio Juan Diego y su mujer María Lucía guardaron castidad, a lo menos después que recibieron el Santo Bautismo, por haber oído a uno de los primeros Ministros Evangélicos de la Religión Seráfica, lo mucho que ama Dios a los vírgenes y otros encomios de la pureza y castidad; dice haber sido éste el Padre Fray Toribio de Benavente, por otro apellido Motolinía, del cual oí venerables Memorias en los escritos de los naturales, por haber sido gran defensor de la ingenuidad de ellos.  Para que no se vendiesen como esclavos oponiéndose a las vejaciones que les hacían los españoles, y por ello su virtud muy amada de los indios, y muy aceptada por esto su doctrina.  Y esta fama de continencia fue muy pública, afirmándolo así los que comunicaron familiarmente a esos dos casados”.

 

         El Padre Francisco de Florencia, quien escribió La Estrella del Norte de México sobre la versión parafrástica de Antonio Valeriano, está enteramente de acuerdo con esta tradición, según dijimos arriba.  Recordemos únicamente lo que hace al caso:

 

“Se sabe de algunos memoriales escritos por los indios políticos de su lengua, pero con caracteres de nuestro idioma, y de la tradición, entre ellos deriva de padres a hijos desde los que conocieron y trataron a Juan Diego y a María Lucía hasta nuestros tiempos, era voz constante y notoria, que habiendo estos piadosos casados oído de aquellos fervorosos predicadores del Orden Seráfico, engrandecer en un sermón la castidad y pureza angélica, y cuánto ama Dios a los que por su amor se abstienen de todo carnal comercio, aunque sea lícito como lo es el matrimonio, se encendieron en el santo deseo de vivir desde aquel día, no como marido y mujer, sino como hermanos, que ayudados por la gracia de Dios y de especial asistencia, por particular inspiración divina, se resolvieron de común acuerdo a este heroico propósito; y por lo menos, desde que recibieron con el Santo Bautismo la estola de la gracia, o poco después, vivieron como dos ángeles en perpetua continencia”.

 

         Ahora bien: si los testimonios arriba citados realmente merecen fe -¡y vaya si lo merecen!-, tienen la palabra los eruditos: se sigue de aquí que Juan Diego guardase continencia en el matrimonio, a lo menos después de haber recibido el Santo Bautismo.

 

         El acto de guardar continencia en el santo matrimonio es un acto verdaderamente heroico.  Luego entonces Juan Diego llegó hasta el heroísmo en la práctica de la castidad.

 

V. PUREZA DE JUAN DIEGO

                                                                         

         Entendemos por pureza la limpieza de corazón, la sencillez y la diafanidad de alma y los demás dones que la acompañan.  Esta pureza de corazón es muy rara aun dentro del círculo de las almas verdaderamente devotas, pues parece suponer, si no una ausencia absoluta de pecado –imposible en el actual estado de la humanidad-, al menos una rectitud tal que jamás dé entrada al pecado mortal.  Y cuando a esa rectitud se agrega aquel candor propio de los niños que da al alma un encanto especial, tendremos la pureza en toda su perfección en cuanto es posible poseerla en este mundo.

 

         Además, la pureza del alma da una fortaleza muy grande para enfrentar  con serenidad las diversas tribulaciones de la vida, sobre todo aquellas en que intervienen una fuerza superior.  Leemos en la Historia de las Apariciones que Juan Diego habló con la Reina de los Cielos en cuatro ocasiones, y que habló con Ella conservando su serenidad, sin perder la lucidez de espíritu.  Esto nos revela a nosotros una virtud inmensa, una fortaleza a toda prueba, una pureza de alma muy  poco común  en los mortales.  Juan  Diego  vio con sus ojos  aquella  belleza incomparable.  Habló con Ella, conversó con Ella, le expuso sus dificultades, sus desasosiegos y sus pesares, y todo esto sin alterarse, sin sufrir trastornos nerviosos, sin perder ninguno de los sentidos vitales, empleando  el lenguaje natural y sencillo de un rústico y correspondiendo a la Reina de los Cielos con palabras que podrían parecernos atrevidas si no hubieran sido inspiradas por el amor más puro y la más sincera sencillez.

 

         Juan Diego –dice la relación de Valeriano- escuchó de labios de María palabras tan tiernas y cariñosas como no han salido jamás de los labios de la Reina de los Cielos para ninguno de los mortales.  Contempló con sus ojos sin sobresalto aquella soberana hermosura, en cuya presencia se transformó en paraíso el árido monte que pisaba.  Desde el primer momento de la Primera Aparición hasta el último de aquel ininterrumpido diálogo, Juan Diego siempre conservó su habitual serenidad, sin alterarse un solo instante.  Juan Diego manifiesta sencillamente a la Señora del Cielo el objeto de su viaje, y luego que Ella le revela su voluntad, inmediatamente se despide y va a cumplirla.

 

         Hablando de la Cuarta Aparición, Juan Diego prefiere cumplir con el austero deber de ir a la ciudad de México a buscar un sacerdote que auxilie a su tío moribundo antes que gozar de la presencia y dulcísima conversación de la celestial María, que de tantas maneras le había demostrado su tiernísimo afecto.  ¿No revela esto una virtud altísima, una admirable serenidad, un candor, una pureza de alma como la de los más grandes santos de la Iglesia?

 

         Con razón el ilustre Don Luis Becerra y Tanto, en su áureo escrito Felicidad de México, ensalza también la pureza y el candor de Juan Diego, bien que el eminente escritor los hace derivar más bien de la ternura y afabilidad con que la Madre de Dios habla a nuestro hermano Juan Diego.  He aquí sus palabras.

 

         “La candidez de ánimo y pureza de conciencia del indio Juan Diego, a quien por cuatro veces se apareció y habló la Virgen Santísima, se colige de la formalidad de las palabras con que refiere la Historia y el cantar, haberle saludado en su idioma la misma Señora, llamándole ‘hijo mío muy amado y pequeñito y delicado’; y que no quería valerse de otra persona que de la suya, aunque pudiera, porque convenía que él, y no otro, fuese su mensajero ante el Obispo.  De donde se convence que, a no ser verdaderamente humilde y virtuoso y tener muy cándida la conciencia, no le hubiera hablado con tanta ternura y agasajo”.

 

VI. OBEDIENCIA DE JUAN DIEGO

 

         La obediencia en la perfecta expresión de todas las virtudes morales; es la virtud por la cual nos sometemos a las disposiciones delos legítimos superiores, ya que éstos son los representantes de Dios.  Siendo muy meritorio el desprenderse con el afecto y con la obra de todos los bienes terrenos; y más meritorio el desprenderse de los deleites de la carne, aun de aquellos que lícitamente puede probarse, más mucho más perfecto es el desprendimiento de la propia voluntad que conlleva la obediencia cristiana.

 

         Hay tres clases o grados de obediencia: 1) cumplir lo mandado con toda exactitud; 2) cumplir lo que se manda conformando nuestra propia voluntad con la voluntad del superior, y finalmente, 3) conformar también el entendimiento, teniendo por bueno y más perfecto lo que el superior manda, aunque pudiere parecernos lo contrario.

 

         Juan Diego es el hombre de obediencia: él trae siempre en su conciencia el sentimiento de la responsabilidad. Los preceptos de Dios y de su Santa Iglesia los trae siempre, más que delante de los ojos, en el fondo de su alma.

         Tan luego como recibe el Santo Bautismo, asume la obligación de conocer cada día más de aquella Religión que había abrazado y se entrega al estudio de la Doctrina con santo entusiasmo y admirable constancia.  No obstante que tiene que caminar semana tras semana cuatro leguas de distancia para asistir a la doctrina, él lo hace por amor a la religión que ha aceptado.

 

         Cumple con toda integridad las órdenes de la Virgen Santísima.  Después de las Apariciones, como lo atestiguan la Tradición y las deposiciones de los testigos en el Proceso Apostólico, sigue viviendo en el santo temor a Dios, cumpliendo fielmente sus deberes, como lo veremos más adelante.

 

         Juan Diego conforma en todo su voluntad a la voluntad de Dios y a las órdenes de la Reina de los Cielos.

 

         ¿Quién va a dudar que él cumplía con verdadera y sincera voluntad sus deberes religiosos? Si pedimos pruebas de ello, aquí van algunas. La Madre de Dios le ordena que vaya a ver al Obispo de México pidiéndole de su parte la erección de un templo en su honor.  A pesar de que jamás había tratado con Prelados ni con gente de la ciudad, él no pone reparos.  Al momento que recibe el mandato de la Virgen –dice la relación- se inclinó delante de Ella y le dijo:

 

“Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de Ti, yo, tu humilde siervo”.

 

         Como si dijera: Tú eres mi Señora y yo tu humilde siervo.  Me has mandado ir a exponer tu voluntad soberana al Obispo de México, y voy en el acto; tu voluntad es mi ley.

 

         En la Segunda Aparición, Juan Diego expone las grandes dificultades que ha encontrado en su empresa, lo extremadamente difícil que es para él proseguir su misión.  Pero oye atentamente las palabras de la Virgen, se convence de que es su voluntad que continúe, y contesta con resolución:

 

“De muy buena gana iré a cumplir Tu mandato; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino”.

 

         Léase la Historia de las Apariciones y se verá claramente que él es el hombre de buena voluntad, siempre atento a la voz de Dios y dispuesto a cumplir Su Voluntad Santísima.  Donde más se revela esta conformidad de la voluntad de Juan Diego con la Divina Voluntad, es en haber abandonado todas sus cosas por servir a la Reina de los Cielos.  Este fue un sacrificio heroico, con el mérito especialísimo de haberle sido impuesto por la misma Madre de Dios.  Practicó también el último y más perfecto grado de obediencia, porque se sometió al juicio de la Madre de Dios, sobre todo cuando Ella insistió en que volviera a ver al Obispo.  Efectivamente, a pesar de no querer Juan Diego volver a la casa del Prelado y de las casi certeza que tenía de no ser oído doblegó su inteligencia en obsequio de la Madre de Dios en aras de la más perfecta obediencia.  Esta disposición de ánimo se revela claramente en sus palabras a la Virgen:

 

“Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción.  De muy buena gana iré a cumplir tu mandato, de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino”.

 

                   ¿Por qué ese cambio tan marcado en él, que primeramente manifiesta, con toda sinceridad, las dificultades que tiene para cumplir su cometido, al grado de que parece rehusarlo, y después se manifiesta no sólo resuelto a cumplir la voluntad de la Señora, sino que añade que lo hará de muy buena gana, y que de ninguna manera dejará de hacerlo? Era que en él se había realizado ya ese tercer grado de obediencia que toca al heroísmo, cuando entra en juego una sincera convicción –como la suya- opuesta a lo que se manda: ¡hasta dónde llegan los privilegios de la gracia en la vida de este hombre, prodigios de indudable veracidad a pesar de los pocos datos que nos han legado de su persona!

 

VII. FERVOR EUCARISTICO

 

 

         El Padre Francisco de Florencia S.J., en su La Estrella del Norte de México, cap.  XVIII, intitulado “Quién fue Juan Diego, sus virtudes y dichoso fin”, dice literalmente: “En la casa de la Virgen vivió ejercitándose en obras de mortificación, ayunos y disciplinas, comulgando con licencia del Señor Arzobispo tres veces en la semana, que es irrefragable argumento de su mucha pureza”.

 

         El historiógrafo Padre De Florencia muy bien comprobado debió tener que en su tiempo no estaba permitida la comunión frecuente, pues sabemos que en aquel entonces privaba la doctrina de algunos teólogos notables que enseñaban que los seglares no deben comulgar más de una vez a la semana; aún más, ni las monjas ni los religiosos podían hacerlo, pues consta que santos de la talla de Santa Teresa de Jesús y San Luis Gonzaga sólo comulgaban una vez por semana y que era un escándalo para los súbditos de Francisco de Borja verlos comulgar cada ocho días, antes de entrar en la Compañía de Jesús.

 

         Luego, cuando el Padre De Florencia, de la propia Compañía de Jesús, asevera lo anterior, es porque lo tuvo bien averiguado; además, insinúa que el Obispo Zumárraga era el director espiritual de Juan Diego y que, conociendo su mucha pureza, le concedió tal privilegio.

        

VIII. DICHOSA MUERTE

 

“Después de 17 años de servir allí Juan Diego a la Señora del Cielo”, afirma el autor citado, “murió en el año de mil quinientos cuarenta y ocho, a la sazón que murió el Señor Obispo Zumárraga”. “A su tiempo le consoló mucho la Señora del Cielo, quien le vio y le dijo que ya era hora de que fuese a conseguir y gozar en el cielo cuanto le había prometido. También como su tío Juan Bernardino, que fue sepultado en el templo, la primera ermita. “Andaba en los sesenta y cuatro años cuando murió. La Purísima, con su precioso Hijo, llevó su alma donde disfruta de la gloria celestial”.

 

Confirmando lo anterior, el Padre De Florencia escribió en su obra citada: “Es tradición que, barriendo una vez la Iglesia, le habló la Señora desde su Altar y le avió la cercanía de su tránsito... y todo es creíble por las finezas y demostraciones de la Señora  con él y la devoción  y puntualidad de Juan Diego de asistir a su imagen y servir en su Santa Casa”.

 

         Más adelante este autor asevera: “Tiénese por cosa constante entre los naturales habérseles aparecido y asistido a la cabecera la santísima Virgen a los dos, tío y sobrino, a la hora de la muerte, consolándolos  para pasar, con animo aliento, aquel decretorio trance”.

 

IX. FAMA DE SANTIDAD

 

         Antes y después de las Apariciones Guadalupanas ya era tenido Juan Diego en un concepto de alta santidad entre sus compatriotas.  Así lo dicen los ocho testigos indígenas de las Informaciones Canónicas de 1666: que por su mediación alcanzaban buenos temporales para sus milpas; que los papás lo ponían de modelo a sus hijos y los bendecían con esta frase: “Que Dios os haga como a Juan Diego y su tío Juan Bernardino”; que le llamaban el ermitaño porque gustaba de andar solo dedicado a la contemplación de las cosas divinas; que era muy amigo de ir a la doctrina y frecuentar los divinos oficios y que nunca faltaba a ellos; que era amigo de que todos viviesen bien y gustaba de apartarlos de vicios e idolatrías; que hacía grandes penitencias; que en aquel tiempo le llamaban Varón Santísimo.

 

         No solamente en su vida mortal, sino también después de la muerte, los indios –afirma la tradición- ponían a Juan Diego como intermediario para alcanzar de Dios Nuestro Señor y de su Santísima Madre muchos favores, como lo afirma Don Cayetano Cabrera y Quintero en su Escudo de Armas de México, pág. 345, No. 682.

 

         Los testigos de las Informaciones de 1666 depusieron que cada ocho días en domingo, acostumbraban ir muchos indios, paisanos suyos, a venerar la Imagen aparecida y visitar a Juan Diego, a quien se encomendaban en sus oraciones porque lo tenían por santo.

 

         En el refectorio –comedor- de los frailes del Convento de Cuautitlán había una pintura en donde estaban representados la Virgen María en su advocación de Guadalupe, Fray pedro de Gante, Juan Diego y María Lucía; a Juan Diego lo representaban vestido como fraile franciscano o sosteniendo la Imagen de la Virgen de Guadalupe en vez del Ángel; lo ponían con aureola.  Existen además imágenes con aureola confeccionadas en madera torneada de fines del siglo XVI y una luz en su cabeza que parece aureola.

 

         Todos los sermones, del siglo XVII a la fecha, hablan de Santa María de Guadalupe y no dejan de mencionar al santo sin aureola. (Entiéndase santo no canonizado).